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Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Hannah Arendt / Gershom Scholem

Sinceridad reflexiva

Cada día que pasa parece más evidente —y no hace falta ser ningún visionario para intuirlo— que el siglo XXI, que tenía que ser el de la definitiva consagración de la tecnología, acabará transformándose en el verdugo de las humanidades; el que convertirá, sobre todo, el pensamiento y la reflexión en una rara avis, en una excepción que se mirará por encima del hombro, como si la ilustración y el conocimiento humanístico, más que no un beneficio, fuese una enfermedad —o, más bien, una maldición— que conviniera evitar.

El diálogo intelectual —me refiero al serio, al que es producto fructificado de la elaboración propia, no de la repetición (a menudo incomprendida, y por lo tanto tergiversada) de lo que han escrito o pensado otros— es tan ausente en nuestra sociedad que, mucho me temo, muy pronto no sabremos que el más grave peligro que nos amenaza es el del desconocimiento, el de ni tan solo saber que somos ignorantes. Y, lo que es más grave, aún, que nos mostraremos orgullosos de serlo.

Es por esta razón que hace falta reivindicar, con la voz bien alta y clara, la publicación de libros como Tradición y política. Correspondencia (1939-1964) (Hannah Arendt / Gershom Scholem Der Briefwechsel 1939-1964), Editorial Trotta, 2018, traducido por Linda Maeding y Lorena Silos, que recopila las cartas que se entrecruzaron durante 25 años Hannah Arendt y Gershom Scholem, dos grandes pensadores cuyos nombres deberíamos, al menos, de (re)conocer; por desgracia, es muy posible que la mayor parte de la gente solo sea capaz de identificar, y solo brumosamente, el nombre de la segunda.

El nivel de exigencia y de seriedad que se imponían ya queda patente desde la primera carta conservada, dónde la autora nacida en Hannover se queja del hecho que “no dispongo ya en absoluto de tiempo para el trabajo intelectual ni consigo hacer nada sensato”. Una situación que es, tanto para ella como para su corresponsal, la peor imaginable. Él lo demuestra un poco más adelante, cuando le comenta que “debemos abrirnos paso a dentelladas […] a través de esta montaña de oscuridad”, cuando elogia el “espíritu reflexivo” de su amiga, o cuando, ya un par de años más tarde, explica que “últimamente solo leo cosas de baja estofa”.

Lo que es muy natural si tenemos en cuenta que, ya en aquellos años, cuando el trabajo intelectual todavía conservaba íntegro su prestigio, cuando alguno de ellos conseguía, con esfuerzo, redactar alguna obra de mérito lo tenían muy complicado para hacerlo llegar a los lectores interesados: “la alta dirección [de la revista Contemporary Jewish Record] ha decidido que el nivel es demasiado alto (¡sic!), que debe bajarse y hacerse accesible a un círculo de lectores más grande”; “las «Tesis de filosofía de la historia», que me hubiera gustado tanto ver publicadas, no son publicables aquí [a Nova York, y, por extensión, en los Estados Unidos] por ser «demasiado filosóficas» (la gente no las entiende, las toma por pura sandez)”.

Las cartas son, pues, un muy fidedigno retrato de una amistad entre dos pensadores. De una amistad a menudo puesta a prueba debido a las divergencias que tenían en algunos puntos claves relacionados con el sionismo, pero que sobrevive por el sagrado respeto que se tienen el uno per la otra y, sobre todo, porque los dos son capaces de combinar una extraordinaria (y inusual) franqueza con una (todavía más inusual) más que loable disponibilidad a aceptar las opiniones del otro, por más contrarias que sean a la suya: “La cuestión más bien me parece la de cómo nos llevaremos el uno con el otro después de esta orgía de sinceridad. De verdad que yo no me tomo a mal su carta ni en lo más mínimo; pero no sé cómo tomará usted la mía”.

Una amistad que, sin embargo, no superará la prueba final: la publicación, el año 1963, de Eichmann en Jerusalén. Será entonces, por razones de peso que descubriréis leyendo el volumen —dado que no seré tan insensato como para desvelároslas—, cuando se produce la ruptura definitiva; cuando algunas de las coses que se dicen el uno a la otra rompen, de manera irremediable, los “hilos muy finos y firmes” que los unían.

Probablemente las cartas (números 132 a 140) que se escriben en esta decisiva época sean las más apasionantes, atractivas y interesantes del volumen, pero las demás también lo son mucho, incluso las, formales y (demasiado) formularias, que se intercambian para preservar y recuperar las “colecciones judías [robadas por los nazis] que posiblemente aun se encuentren en bibliotecas […] públicas alemanas o estén en manos de libreros”, ya que, a pesar de su pesadez, nos descubren una realidad prácticamente desconocida.

Lo son, por un lado, porqué, llevados de la mano (y de la palabra) de dos de sus protagonistas destacados, posibilita que nos convirtamos en espectadores privilegiados de un periodo esencial de la reciente historia europea (y mundial), y, por otro, porque nos brindan la oportunidad de conocer mejor y más profundamente la vida y el (los) pensamiento(s) de Arendt y de Scholem.

Pero, por encima de todo, porque nos hacen tomar consciencia de que un mundo sin reflexión espiritual y intelectual, activa y visible, —Cogito, ergo sum— es una pesadilla obscura (y obscurantista) que no nos podemos permitir bajo ningún concepto ni bajo ninguna circunstancia.

© Xavier Serrahima 2018
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