La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández, Literatura Random House

La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández, Literatura Random House, 2021

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La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández

Esta no es (ni exactamente ni no) exactamente otra novela

A pesar que a menudo nos confundamos —y, por tanto (y lo que es mucho más lamentable, mucho más peligroso, mucho más imperdonable) confundamos a los lectores—, actuando, y, por lo tanto valorando las obres artísticas, como si la genialidad consistiese en hacer (todavía) más grande lo que ya es (muy) grande, en hacer (todavía) más extraordinario lo que ya es (muy) extraordinario, como si la genialidad artística consistiese, por lo que a la literatura se refiere, en hacer juegos de artes malabares con las palabras y ejercicios circenses con los argumentos, en deslumbrar los lectores y las lectoras con una cierta orfebrería, con aquella orfebrería que resplandece espléndidamente cuando recibe la luz del sol, pero que, tan pronto como el astro rey se aleja, se apaga, como si que la genialidad artística consistieses en reflejar lo que por el mismo resplandece, y que, por esta razón, es tan maravilloso efímero como fugitivo, la genialidad artística —y, por supuesto, cuando digo genialidad artística hago servir una metáfora; una metáfora para referirme a lo que en realidad es un don: los genios, eso que nos obcecamos en seguir denominando genios, no existen; lo que existen son personas (si queremos decirlo así, por esto geniales) que tienen la capacidad de extraer (genialmente, si queremos decirlo así) el máximo provecho de su don, que consiguen convertir su don en (bella) arte; logro que convenimos en calificar, metafóricamente, como genialidad— consiste exactamente en lo contrario, en hacer (muy) grande lo que es pequeño, lo que es muy pequeño, lo que es casi nada; o, directamente, simplemente, realmente, nada; en convertir un grano de sal en una montaña.

Al contrario de la pretendida genialidad artística —que, en esta época acrítica y unanimista nuestra, se suele recibir con un ditirambismo tan fuera de medida que cualquiera diría que en nuestra casa nace un genio o una genia literaria cada quince minutos—, pues, la verdadera, válida genialidad artística consiste en convertir lo que es (más) común en oro, en hacer resplandecer (todo) aquello que por el mismo nunca resplandecería, (todo) aquello que (nos) pasará (del todo) desapercibido, cuando lo tengamos al lado, aquello que nadie no mirará, no creerá que valga la pena de ser mirado.

Hacer(nos) ver lo que no mir(arí)amos
O lo que es lo mismo, si lo queremos decir de otra manera —de esta otra manera que es la fuente, la raíz y el fundamento del decir artístico o literario—, en hacer ver a los lectores (a los receptores, a los espectadores) aquello que no verían; en hacer que miren aquello que nunca no habrían mirado.

Hacéroslo ver, hacéroslo mirar y que se den cuenta que también es genial; que pude ser, aún, más genial que lo más grande, que lo más extraordinario. Y que lo puede ser, precisamente, únicamente, porqué no es grande, porqué no es extraordinario, porqué es pequeño, porqué es ínfimo, porqué es casi nada, porque es nada.

Porqué lo que lo hace extraordinario —lo que permitirá que el art lo transforme en (más exactamente, que desvele, que revele, que descubra, que haga ver aquello que lo hace) extraordinario— es, precisamente, únicamente, exclusivamente, que es pequeño, que es ínfimo, que es casi nada, que es nada.

Porqué sólo la nada puede serlo todo. Porqué sólo la nada, la nada de la nada, el mayor nada de todos los nadas, está destinado a serlo todo.

Porqué es —sólo puede ser— de la nada que surja todo. Porqué fue —había de ser— de la nada que  surgió todo.

Porque, si la nada no lo es —no lo puede ser— todo, todo es nada. Porque, si no somos capaces de ver el todo, de verlo todo, en la nada, no nos merecemos el todo. Y, por lo tano, el todo se convierte en nada. Y, con él, nosotros también.

La señora Potter no es exactamente Santa Claus
La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Laura Fernández, Literatura Random HouseCon esta introducción larga, larguísima —que posiblemente la mayoría de los lectores y lectoras han considerado demasiado prolija, tan prolija que ya la han dejado de leer (lo que, por supuesto, demuestra que no las estaba destinada, que no entienden algo tan obvio como que la extensión de una, de ninguna, crítica literaria, como la de ninguna obra literaria o artística, no depende, no pude depender, de ninguna medida prevista, sino de la obra misma, de lo  que, per se, le exija la obra misma; la obra misma y sólo la obra misma, ¿es que a lo mejor existe o puede existir nada más que deba de tener en cuenta el crítico o el analista?)— lo  que quería decir, lo que la obra me ha exigido que diga, es que Laura Fernández, la autora de este tan cautivador, inolvidable como trastornador La señora Potter no es exactamente Santa Claus, Literatura Random House (Barcelona, noviembre del 2021), no sólo posee este don o esta genialidad (metafórica), sino que, lo que (todavía) es más excepcional y (todavía más) de agradecer, (nos) lo demuestra página a página.

Que leer su novela supone que, como en la ciudad en miniatura que modela Randal Peltzer, como la misma ciudad, Kimberly Clark Weymouth, esta no en miniatura, sino a tamaño real, en un tamaño que no podría ser más real, más auténtica (y, a la vez, más humana), en cada esquina, en el rincón más ínfimo y discreto, en aquella página, en aquel parágrafo, en aquella línea que parece que, si no es prescindible, podría serlo, que, si queremos decirlo así, es una página, un parágrafo o una línea de más —para (probar de) decirlo con una mayor precisión, que en la mayoría de los autores y autoras, tan hagiográficamente elogiados, serían una página, un parágrafo de más—, nos espera un tesoro, una descubierta.

La condición humana
Un (gran) tesoro, una (gran) descubierta, y, lo que es (mucho) más importante, un (gran) tesoro, una (gran) descubierta que nos habla, que tiene que ver, que es reflejo, de la condición humana.

O, si lo queremos decir así, de una condición humana, de las, múltiples, variadas —porqué, (me parece que) indiscutiblemente, uno de los mayores méritos de la obra son sus personajes; es la fuerza, el volumen, la vida, en realidad, de sus personajes; de todos sus personajes— condiciones humanes; de las condiciones humanas, particulares  que son (que nos hablan, que reflejan) la condición humana, en general.

De este reflejo o visión de la condición humana que, según mi (modesto) parecer, es lo que convierte una novela (y cualquier otra obra escrita) en literatura, en obra artística.

Porqué esta novela de Fernández, por más empapada de fantasía que esté, por más que a lo mejor haya quien —erradamente, desde mi (humilde) punto de vista— se empeñe en buscarle influencias o similitudes con el realismo mágico sudamericano de la segunda mitad del siglo XX, o con otros mundos inventados, por más que nos presente una ciudad (una ciudad que, en realidad es más que una ciudad; una ciudad que es todo un mundo) enloquecida, casi esperpéntica (y, en algunos momentos, más que esperpéntica), insospechada, poblada de locos insospechados, donde no parece que haya ni pueda haber nadie normal —aquello que nos empeñamos en cualificar como normal, como si la normalidad no fuese un simple concepto que nos sirve para entendernos—, donde nada ni nadie no parece tener los pies en el suelo, una ciudad (y un mundo) donde la señora Potter no es exactamente Santa Claus pero bien podría serlo, una ciudad, Kimberly Clark Weymouth, que no sólo podría ser la ciudad de Santa Claus, sino que lo tendría que ser, la única donde podríamos pensar que la magia, la inverosimilitud y la fantástica fantasía del santaclausismo —de cualquier santaclausismo, en realidad; del santaclausismo entendido como  metáfora de todo lo que es posible—, en definitiva, por más que sea todo esto, y mucho más, es una novela que, sobre todo, y por encima de todo, nos habla de la condición humana.

O sea, de nosotros, de todos nosotros.

La vida, el (sin)sentido de la vida
Nos habla de la vida, de las vides: “cuando se abría aquel baúl, la sensación era la de contemplar un montón de vidas en marcha, a la espera que aquella narradora permitieses que continuasen. Pero ¿acaso no estaban continuando? Oh, por supuesto. A cada momento. Pero no allí dentro. Allí dentro esperaban”, (p. 63).

De lo que es, de lo que debe ser una vida, cualquiera vida. Parar decirlo con mayor precisión, de lo que no es —del que no podemos consentir en cualificar como— una (la) vida.

Del que a menudo creemos que es una vida pero no lo es; lo que no es más que una renuncia; una renuncia a vivir: “un libro protagonizado por una mujer que creía que uno debía desviarse del camino y hacerlo tantas veces como fuera necesario, porque sólo tomando los suficientes desvíos, podías llegar a ser tu mismo, o, cuando menos, trazar, forzosamente tus límites, definirte por algo que nada tenía que ver contigo, pero que estaba ahí, era un tu en potencia, que, de otra forma, nunca se volvería real, ni se atrevería a considerarse una mera posibilidad”, (p. 448); “cualquier cosa podía ser, otra vez, posible”, (p. 450); “porqué uno sólo tenía que seguir su camino, pasase lo que pasase, seguir su camino”, (p. 470).

Y quien no lo entienda, esto, quien no sepa ver, más allá, o por encima del tan ben ligado argumento de la obra, de este argumento —de esta permanente concatenación de argumentos y (más) argumentos— que nos está hablando de la condición humana, seguro que habrá disfrutado de la novela —pensar en que alguien la lea y no la disfrute, que no encuentre en ella mil y una razones (diferentes, cada cual las suyas, por supuesto) para disfrutarla se me hace tan difícil como pensar en un ángel sin alas o en un (o una) Santa Claus sin barba— pero sólo lo habrá hecho, lo habrá podido hacer, si tiene mucha suerte, a medias.

Porqué, sobre todo, por encima de todo, La señora Potter no es exactamente Santa Claus nos habla de vidas. De las vidas de todos y cada uno de nosotros. O lo que es lo mismo, de la vida.

Laura Fernández

Lo universal
Como las grandes obras artísticas, hablándonos de unas vidas, nos habla de la vida. De la vida misma. Sumergiéndose en lo particular —y me parece obvio que pocas ciudades son tan particulares, tan especiales, tan reales como esta.

Como esta ciudad que Fernández no sólo ha creado, sino donde nos traslada —y este punto es esencial: no sólo vivimos en ella, a lo ancho y largo de toda la novela, no sólo la vivimos, sino que querríamos no tener que dejarla, nos duele tener que dejarla, cuando se termina; y esto sólo (nos) sucede con las obras de verdad, con las que (nos) dejan marca, con las destinadas a perdurar.

Esta Kimberly Clark Weymouth que, precisamente porqué se comporta “como si en vez de una ciudad […] fuese una persona”, (p. 153) nos sumerge, transporta o habla de lo universal.

De esta  ciudad que es cualquier ciudad. De esta ciudad que, per más extravagante que nos pueda parecer de entrada, podría ser cualquier ciudad.

Y, por consiguiente, de estos vecinos que, per más extravagantes que nos parezcan —y la autora se ha esforzado mucho mucho para que lo sean, para que nos los parezcan, para dotarlos de (todas) estas particularidades que nos conforman y definen— son, podrían ser, nuestros vecinos. Los nuestros vecinos o, lo que es (mucho) más importante, podríamos ser nosotros mismos.

Porqué, más allá de ser el descubridor de La señora Potter no es exactamente Santa Claus, lo que convierte en más humano a uno de los personajes principales —en el caso, por supuesto, que sea posible hablar de personajes principales o secundarios, en una obra tan profundamente polifónica como esta, donde cada personaje, hasta el más (teóricamente) humilde forma parte de un eslabón inseparable, cuidadosamente soldado—, a Randal Peltzer, de lo que nos está hablando, en el fondo Laura Fernández a través de él, no es de un descubridor, por más que lo sea de una tan importante como decisiva señora Potter [que] no es exactamente Santa Claus, de un personaje más o menos excéntrico o interesante, sino de un marido a quien su mujer lo ha abandonado.

Condenados a no existir
Como, con su hijo, Bill Bane Peltzer, no nos está hablando tanto del constructor de un mundo subterráneo, sino de una persona que debe construir un mundo subterráneo; que debe construirlo porqué el mundo real, su mundo real, aquel mundo en que debería de vivir, donde viviría si lo pudiese resistir, si para el pudiese existir, se lo llevó con ella su madre, cuando abandonó la ciudad, cuando huyó; cuando actuó como si ni él ni su padre no existiesen. Y, por lo tanto, condenándolos a no existir.

Porque, si la señora Potter no es, exactamente, Santa Claus es porqué la Señora Mackenzie no es, exactamente, la Señora Peltzer. Porqué la señora Mackenzie no es, exactamente, la Mujer de Randal Peltzer. En realidad, porqué la señora Mackenzie no puede ser la mujer de Randal Peltzer, si no quiere, a cambio, privarse de seguir su camino, privarse de quien es, de quien está destinada a ser.

Porqué la señora Mackenzie no es, exactamente, la Madre de Bill Bane Peltzer. Porqué tampoco no puede, si no quiere, a cambio, privarse de seguir su camino, privarse de ser quien es, de quien está destinada a ser, ser la madre de Randal Peltzer.

De hecho, porqué no es que no lo sea exactamente, sino porque no lo es para nada.

O lo que es lo mismo, porque si la señora Potter no es para nada Santa Claus es, sobre todo, y por encima de todo —casi me atrevería a decir que sólo— porqué la señora Mackenzie no es para nada la mujer de Randal Peltzer ni la madre de Bill Bane Peltzer.

Porqué la mujer de Randal Peltzer y la madre de Bill Bane Peltzer, cuando marcho, y, sobre todo, en hacerlo sin, en primer lugar, dar ningún tipo de explicación y, en segundo y todavía (mucho) más importante, sin dar ninguna esperanza de retorno, los ha sumergido en el más intenso dolor, en la más dura de las aflicciones.

Fantasía y realidad
Por cuya razón, y no por ninguna casualidad, la señora Louise Feldman, la famosa escritora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus, tampoco no había querido, durante tanto tiempo, volver a la ciudad de Kimberly Clark Weymouth. Por cuya a razón su vuelta coincide con, que sólo vuelve, cuando se produce, el retorno de la señora Mackenzie.

Porqué, metafóricamente, sea o no más o menos consciente de ello Fernández, la señora Louise Feldman y, por tanto, también La señora Potter [que] no es exactamente Santa Claus, es la mujer/ madre desaparecida; la mujer de Randal Peltzer y madre de Bill Bane Peltzer que desapareció para no volver.

Para no volver hasta haber hecho, hasta haber podido hacer, su camino. El único camino que le permitía ser ella misma. Camino que no le permitía ser la señora Mackenzie, que no le permitía sentirse “en casa”, (p. 17), sino que la obligaba a ser la señora Peltzer.

Y, en consecuencia, el dolor que la ciudad de Kimberly Clark Weymouth siente por la ausencia, sentida como una traición, como la mayor de las traiciones, en realidad, de la señora Louise Feldman, de la autora que convirtió la ciudad de Kimberly Clark Weymouth en lo que es, es el dolor que sienten tanto Randal Peltzer como Bill Bane Peltzer.

Porqué también ha sido su mujer y madre, y más en concreto, la marcha, la huída, el abandono de su mujer y su madre, lo que los ha convertido en lo que son, en lo que no pueden dejar de ser.

Estos dos personajes —de hecho personas: ¿cuántas persones conocemos que sean (o, por lo menos, se nos hagan) tan reales como ellos?— que no es que no sean exactamente Santa Claus, sino que, precisamente porque su mujer y madre los ha abandonado, no pueden creer en ningún Santa Claus, en ningún santaclausismo ni en nada que implique que la vida tenga (o, por lo menos, les ofrezca) un sentido.

Literatura
Este dolor que Laura Fernández convierte en literatura. El dolor que sólo podía hacernos compartir, que tan sólo (nos) podía explicar —más exactamente, exponer(nos)— a través de la literatura.

A través de una historia —de una concatenación de historias— que, hablándonos de esta señora Potter [que] no es exactamente Santa Claus, de esta ciudad de Kimberly Clark Weymouth que si es precisamente (y exactamente) lo que es, que si es la ciudad de Kimberly Clark Weymouth, la ciudad donde la señora Louise Feldman escribió La señora Potter no es exactamente Santa Claus, de lo que nos habla es de un marido sin esposa y, sobre todo, de un hijo sin madre.

De dos señoras Potter que nunca no podrán ser exactamente Santa Claus, porqué Santa Claus, en lugar de llevarles regalos, les ha quitado el único regalo que querían, que necesitaban; les ha privado, exactamente, de todo lo que les hacía falta.

Y, privados de todo lo que querían y les hacía falta, ¿cómo no han de querer huir de la ciudad de Kimberly Clark Weymouth?, ¿cómo no ha de ser la ciudad de Kimberly Clark Weymouth “siempre desapacible”, (p. 11)?, ¿cómo no ha de ser una “maldita y fría ciudad”, (p. 22)?

diumenge, 11, dilluns 12 i dimarts 13 de desembre del mmxxi

(Pots llegir la versió original catalana de l’anàlisi en aquest enllaç)

© Xavier Serrahima 2021
www.racodelaparaula.cat
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@Xavierserrahima
ORCID iD iconorcid.org/0000-0003-3528-4499

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