Categories
Notes de lectura

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartas de amor y muerte

No creo que haya mucha duda de que leer su correspondencia sea una de las opciones más adecuadas que tenemos para acercarnos a los grandes autores, de poderlos conocer de una manera más directa y, sobre todo, más auténtica. Me refiero, claro, a autores de otros tiempos, que no debían prever que sus cartas fueran publicadas nunca. En lo más recientes, que ya lo podían prever, esta autenticidad hay que ponerla, al menos, entre paréntesis.

Si en Lugar de una recopilación de cartas, un solo libro nos ofrece tres, y de tres grandes escritores, no podemos sino celebrarlo. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, septiembre de 2020, incluye una selección de la las cartas que escribieron aquellos que Gonzalo Torné, editor del volumen, para diferenciarlos de sus predecesores, Wordsworth y Coleridge, denomina el segundo grupo de poetas románticos ingleses del siglo XIX. Caracterizados todos ellos por “una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Cuatro escritores “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apasionado como devastador. Un amor que caracterizó no sólo su obra sino toda su existencia. Una existencia y un amor que los hizo como eran y les hizo escribir como escribieron.

Leyendo la primera parte del volumen, que es, con (mucha) diferencia, la más larga, podremos saber que si Lord Byron vivió fuera de su país de nacimiento no fue tanto por una visión romántica o aventurera de la vida, sino, sobre todo, para huir de Inglaterra y de su familia. De un país y de una familia que le hacían la vida imposible, que la convertían en un infierno del que necesitaba alejarse tanto como le fuera posible.

No es pues, tanto, para vivir nuevas experiencias y poderlas escribir, sino, simplemente, para poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), le dice a su hermanastra Augusta Leigh.

Una necesidad de huir a la que, por supuesto, hay que añadir otros condicionantes personales que contribuyeron decisivamente. Como la incomodidad que le provocaba la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificación i afinidad (electiva) que sentía por Italia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Seguramente, lo que más nos sorprenderá al leer su correspondencia, (en realidad, en cuanto a este aspecto, tanto la suya como la de sus tres compañeros), son las constante referencias al dinero, a las cuestiones económicas, que no acostumbramos a relacionar con los poetas y, menos aún, con los románticos. Así, nos sorprende que en sus escritos no dude en mezclar, con tanta naturalidad aspectos literarios con pecuniarios: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Por lo que al amor se refiere, destaca la pasión y la intensidad con que se dirige a su amada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Cuando, en la segunda parte, leemos las cartas de Keats, lo primero que constatamos es que, cuando de amor se trata, la semejanza con su compañero es total. Como él, también le dice a su amada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Porque, también para el autor de Hyperion el amor es el centro y la razón de su existencia: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que hace lo que hace, que toma las decisiones que toma siempre en función de aquella a quien ama: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, incluso cuando la tuberculosis lo situó entre la espada y la pared, cuando la enfermedad que había que acabar con él le hacía sufrir hasta límites insufribles, lo que sigue siendo más importante para él es Fanny, el amor de su vida: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apasionamiento y una preeminencia del amor que se hace presente, igualmente, en la tercera parte del volumen, que recoge una selección de las cartas del matrimonio Shelley.

 Cuando leemos las que escribe, a los dieciséis y diecisiete años, la joven Mary al que acabaría convirtiéndose en su marido, no sabemos si nos ha de impresionar más su madurez, su dominio de la lengua o su claridad: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un dominio de la lengua y claridad que alcanza su cenit a veintidós cuatro años, cuando Percy muere ahogado y ella escribe, a varios corresponsales, unas cartas (páginas 292 hasta la 322), que, según mi modesto punto de vista —a pesar de que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constituyen algunas de las más emotivas, intensas y conmovedoras de la literatura universal de todos los tiempos.

Digo, expresamente, “de la literatura”, y no “de los epistolarios” porque creo que son muy pocas las obras de creación literaria que pueden, no ya superarlas, sino igualarlas.

Tanto es así que, si el volumen no contara con motivos suficientes para ser leído (y releído), estas treinta páginas ya justificarían, con creces, que fuera recomendado a todos y todas las amantes de las bellas letras; a todos y todas los exploradores de la condición humana.

martes 3 de noviembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima
orcid.org/0000-0003-3528-4499

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Categories
Notes de lectura

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartes d’amor i de mort

No crec que hi hagi gaire dubte que llegir la seva correspondència sigui una de les opcions més adients que tenim d’acostar-nos als grans autors, de poder-los conèixer d’una manera més directa i, sobretot, més autèntica. Em refereixo, és clar, a autors d’altres temps, que no devien pas comptar que les seves cartes fossin publicades mai. En el més recents, que ja ho podien preveure, aquesta autenticitat cal posar-la, almenys, entre parèntesi.

Si en comptes d’un recull de cartes, un sol llibre ens n’ofereix tres, i de tres grans escriptors, no podem sinó celebrar-ho. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, setembre del 2020, inclou una selecció de la les cartes que van escriure aquells que Gonzalo Torné, editor del volum, per diferenciar-los dels seus predecessors, Wordsworth i Coleridge, anomena el segon grup de poetes romàntics anglesos del segle XIX. Caracteritzats tots ells per “Una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Quatre escriptors “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apassionat com devastador. Un amor que caracteritzà no tan sols la seva obra sinó tota la seva existència. Una existència i un amor que els va fer com eren i els va fer escriure com van escriure.

Llegint la primera part del volum, que és, amb (molta) diferència, la més llarga, podrem saber que si Lord Byron visqué fora del seu país de naixença no fou tant per una visió romàntica o aventurera de la vida, sinó, sobretot, per fugir d’Anglaterra i de la seva família. D’un país i d’una família que li feien la vida impossible, que la convertien en un infern del que li calia allunyar-se’n tant com li fos possible.

No pas tant, doncs, per viure noves experiències i poder-les escriure, sinó, simplement, per poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), li diu a la seva germanastra Augusta Leigh.

Una necessitat de fugir a la qual, per descomptat, cal afegir-hi d’altres condicionants personals que hi van contribuir decisivament. Com la incomoditat que li provocava la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificació i afinitat (electiva) que sentia per Itàlia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Segurament, el que més ens sobtarà en llegir la seva correspondència, (en realitat, pel que fa a aquest aspecte, tant la seva com la dels seus tres companys), són les constant referències fa al diner, a les qüestions econòmiques, que no tenim gaire costum de relacionar amb els poetes, i encara menys amb els romàntics. Així, ens sorprèn que en els seus escrits no dubti en mesclar, amb tanta naturalitat aspectes literaris amb pecuniaris: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Pel que a l’amor es refereix, destaca la passió i la intensitat amb que s’adreça a la seva estimada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Quan, en la segona part, llegim les cartes de Keats, el primer que constatem és que, quan d’amor es tracta, la semblança amb el seu company és total. Com ell, també li diu a la seva estimada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Perquè, també per a l’autor d’Hyperion l’amor és el centre i la raó de la seva existència: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que fa el que fa, que pren les decisions que pren sempre en funció de la seva estimada: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, fins i tot quan la tuberculosi el situà entre l’espasa i la paret, quan la malaltia que havia d’acabar amb ell el feia patir fins a uns límits insofribles, el que segueix essent més important per a ell és Fanny, la seva estimada: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apassionament i una preeminència de l’amor que es fa present, igualment, en la tercera part del volum, que recull una selecció de les cartes del matrimoni Shelley.

Quan llegim les que escriu, als setze i disset anys, la jove Mary al que acabaria convertint-se en el seu marit, no sabem si ens ha d’impressionar més la seva maduresa, el seu domini de la llengua o la seva claredat: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un domini de la llengua i claredat que assoleix el seu zenit als vint-i-quatre anys, quan Percy mor ofegat i escriu, a diversos corresponsals, unes cartes (pàgines 292 fins la 322), que, segons el meu modest punt de vista —tot i que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constitueixen algunes de les més emotives, intenses i colpidores de la literatura universal de tots els temps.

Dic, expressament, “de la literatura”, i no pas “dels epistolaris” perquè crec que són, molt poques obres de creació literària que poden, no ja superar-les, sinó igualar-les.

Tant és així que, si el volum no comptes amb motius suficients per ésser llegit (i rellegit), aquestes trenta pàgines ja justificarien, amb escreix, ser recomanat a tots i totes les amants de les belles lletres; a tots i totes els exploradors de la condició humana.

dimarts 3 de novembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima
orcid.org/0000-0003-3528-4499

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Categories
Notes de lectura

L’hora de les decisions. Cartes 1950-1960, Josep Pla / Jaume Vicenç Vives

L’hora de les decisions. Cartes 1950-1960, Josep Pla / Jaume Vicenç Vives

Un amic amb qui parlar (de tot)

Per fortuna, el gènere epistolar va guanyant, a poc a poc, el lloc que li hauria de correspondre en el món editorial de casa nostra. Cada vegada és més habitual trobar, a les taules de novetats de les llibreries, volums que apleguen reculls de correspondència. A la bona feina que ha anat fent des de fa anys Publicacions de l’Abadia de Montserrat, s’hi va afegir, el 2011, Editorial Punctum, amb la seva col·lecció Visions. D’altres editorials han seguit les seves passes i es va fent (més) normal poder llegir aquests tipus de llibres, que d’altres literatures (l’anglesa i la francesa, per començar) ja publiquen des de fa molt de temps.

Tal i com indica el seu subtítol, L’hora de les decisions. Cartes 1950-1960, Edicions Destino, juny del 2019, recull les cartes que es van intercanviar durant deu anys Josep Pla i Jaume Vicenç Vives, cartes en un inici molt formals, però que van esdevenint més personals a mesura que l’amistat entre tots dos es va anar refermant. Una amistat fonamentada, sobretot, en l’admiració recíproca que es professaven; així com en la possibilitat de trobar un interlocutor a la seva alçada, algú amb qui poder parlar de tot el que els interessava, amb rigor i profunditat. Com una oportunitat, doncs, de respirar un xic al bell mig de l’ominosa opressió franquista.

Una correspondència que, per la seva brevetat, hauria donat lloc a un llibre de molt poques pàgines. En primer lloc, perquè, com ens adverteix el seu editor, Guillem Molla, de les setanta-dues cartes que s’hi inclouen, “dotze són targetes postals i una és un telegrama” (pàg. XLVII). En segon, perquè la majoria de les cartes cartes, són molt breus, escrites amb tres o quatre paràgrafs. Tant és així que la correspondència pròpiament dita tan sols ocupa 178 de les 364 pàgines del volum. I n’ocuparia encara menys, a tot estirar, una vuitantena, si les generoses notes no figuressin a peu de pàgina sinó al final del llibre.

És per això, segurament, que l’editorial ha decidit complementar-lo amb uns apèndixs, també generosos, i amb una llarga introducció, a càrrec de Joaquim Nadal. Introducció que recomano llegir després de les cartes, ja que desvetlla massa —i amb massa exhaustivitat— el seu contingut, per la qual cosa entenc que compliria molt millor la seva funció aclaridora i informadora si s’hagués optat per situar-la al final, com a epíleg.

Pel que als apèndixs es refereix, potser es podria debatre si tots els documents que s’hi inclouen estan justificats, però no crec que hi hagi cap dubte que esdevenen gairebé imprescindibles; que arrodoneixen el llibre; complementant alguna de les cartes, oferint-nos un marc de referència, però, el que encara s’agraeix més, brindant-nos uns documents de gran interès. Sobretot aquells que eren inèdits o poc coneguts, com el tan sorprenent com apassionant “Informe Pla sobre Tarradellas”, on l’escriptor empordanès posa en evidència que, quan li vagava, era capaç de competir amb el seu bon amic Eugeni Xammar pel que a implacable mordacitat es refereix; que alguna de les Cartes d’un polemista (1907-1973) les hauria pogut escriure ell.

Pel que fa, estrictament, a les cartes, malgrat la seva brevetat, són una nova aportació —que se suma als recents La vida lenta, Fer-se totes les il·lusions possibles i Estimat amic. Correspondència (1946-1964)— al coneixement de l’altre Josep Pla, del que no s’ocultava darrera de la màscara del seu personatge.

Aquest altre Pla que, en agrair-li al seu amic les gestions que ha fet perquè el seu llibre Contraban pogués passar la censura sense supressions, se sincera, indicant-li: “M’heu fet un gran favor, sobretot un favor moral, de manteniment de la moral, perquè la injustícia em revolta i aquesta injustícia m’hagués portat a exiliar-me definitivament” (pàg. 47). Un Pla inesperat, a qui l’historiador defineix com “l’increbantable i irreductible defensor de la «condició humana», que en el nostre cas, és «condició de catalanitat»” (pàg. 155).

I alhora, ens permet també conèixer millor Vicenç Vives, acostant-nos-el més personalment o humana: “No tinc cap mena d’ambició, més que la de servir al meu país en tot quant pugui apartar-lo de les torbacions revolucionàries i endegar-lo pel camí de la intel·ligència. Si surto dels meus arxius, llibres i redós familiar serà, simplement, perquè ja és hora de tornar a lloc les coses essencials, somogudes per la guerra, i que cal de nou apuntalar” (pàg. 31).

diumenge, 30 de juny del mmxix

© Xavier Serrahima 2019

orcid.org/0000-0003-3528-4499
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima


Aquesta anàlisi literària de “L’hora de les decisions. Cartes 1950-1960, de Josep Pla i Jaume Vicenç Vives” de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Notes de lectura

Cartes d’un polemista (1907-1973), Eugeni Xammar

Cartes d’un polemista (1907-1973), Eugeni Xammar

Escric perquè no sé / puc callar

Sovint ens planyem, amb (una) certa raó que som —per dir-ho en mots del Lluís Llach cantant, un país petit, massa petit per assolir depèn de quin cim. Per més obvi que sigui això, molt em temo que el que som, per damunt de tot, tant políticament com, encara més, culturalment —i, per tant, literària— és un país empetitit, molt empetitit.

Un país amb una mirada (i una visió) tan curta que tan sols hi cap un/a poeta, un/a novel·lista, un/a dramaturg/a (i un/a sociòleg/a, un/a economista, un/a compositor/a…). En la majoria dels casos, que s’atipen, afablement (i mesella) de la mà què els dóna de menjar —mà que mai no deixen de llepar, de llepar i de llepar, amb canina fidelitat.

Dins aquest ambient, no és gens estrany que una figura cabdal com la d’Eugeni Xammar, de qui ara Quaderns Crema publica Cartes d’un polemista (1907-1973), no hagi assolit el reconeixement que, pels seus mèrits, li correspondria. Com bé assenyala Xavier Pla, encarregat de l’edició d’aquest volum que aplega les cartes conservades que escriví el periodista barceloní, Xammar mantingué, al llarg de tota la seva vida una “posició de franctirador” que “el va acabar situant […] en terra de ningú” (pàg. 51), atès que “la seva oratòria contundent i agressiva i el seu individualisme ferotge  el van anar deixant marginat entre les diverses famílies polítiques enfrontades” (Íd.).

És precisament aquesta situació transfonterera —en el més ampli sentit del terme: geogràficament, però també (i sobretot) reflexiva, ideològica— el que converteix en més atractives la majoria de les seves cartes; les que ens el fan més actual; més necessari que mai: on són, també avui, els intel·lectuals que naveguen entre aigües, que gosen dir el que pensen sense obeir les consignes dels partits?; els que no depenen de la mà (de les mans) que els alimenten?; i, els pocs que hi ha, els que, aïllats de tot i sense presència als mitjans públics de comunicació, segueixen dient el que pensen, qui se’ls escolta?

Qui podia, en els seus anys més prolífics i reeixits, escoltar-se la veu sempre pugnaç i incòmoda d’un dels tres, juntament amb Josep Pla i Gaziel, periodistes més lúcids, brillants i intel·ligents del segle XX català? D’aquell que, a diferència del seu amic empordanès, mai no acceptà renunciar als seus ideals o sotmetre’s a la ignomínia d’un estat franquista que convertí tant Catalunya com la llengua catalana en l’enemic a destruir. D’aquell qui no tan sols escrivia sempre el que pensava, que no es callava res, sinó que ho feia amb aquella seva congènita ironia, que convertia en sosa càustica tot el que tocava: “La pròxima guerra —comenta a Enric Jardí, l’any 1923— costarà almenys quatre milions de morts, però tots els principis de la llibertat, del dret i de la justícia quedaran salvats” (pàg. 99).

Com pot comptar amb gaire suport qui considera —i ho demostra en cada línia que redacta— que, si et creixen pèls a la llengua, cal tallar-se’ls a cop de destral? Qui retrata, amb una mordacitat que no admet moderació ni limitació, tot el que l’envolta, siguin realitats o persones. Qui converteix la sinceritat, la necessitat de dir el que pensa, en un principi intransgredible. “¿Creieu —demana a Carles Rahola, el 1930— […] que ens manquen novel·listes? Jo crec que ens en sobren i crec, demés, que estem condemnats a que ens en sobrin tota la vida” (pàg. 125).

Una mordacitat que, com qualsevol bon humorista digne d’aquest nom, s’aplica en primer lloc a ell mateix —“un article meu […] em donarà un gran crèdit perquè demostrarà que  sóc un home capaç de preveure el passat” (pàg. 219)— per apuntar-la, acte seguit, a qualsevol altre. Principalment, a tots aquells que, segons el seu parer, no han estat capaços de mantenir la dignitat nacional que exigia la repressió i l’opressió franquista: “En Sagarra ha tornat a Espanya[….]. […] a la comèdia del catalanisme, […] representava el paper de poeta nacional. El seu exili voluntari hauria hagut de durar, em sembla, tant com durés la persecució de la llengua catalana. No era veritat gairebé res a casa nostra, estimat Sugranyes. Ara ho estem veient” (pàg. 163).

Per més que gran part de les cartes de la dècada dels anys 50 acabin esdevenint un xic feixugues, pel fet que se centren quasi exclusivament, i amb (molt) més detall que no caldria, en la seva feina com a traductor, la lectura d’aquest recull epistolari xammarià és del tot recomanable.

En primer lloc, per recobrar, de primera mà, la imatge d’un temps i d’un país passat; en segon, perquè, en aquest món nostre on la continuada aplicació lisèrgica del que és políticament correcte ens està anestesiant, res és més convenient, per desvetllar-nos del nostre empegueïment dogmàtic que algú com ell, que només sap escriure amb el punyal entre dents: “Jo escric amb salfumant i, qui no li agradi, que ho deixi” (pàg. 500).

I, en tercer lloc, i potser més important, perquè, com conclou amb molt d’encert el seu epíleg Amadeu Cuito: “els que el llegeixin amb la mateixa llibertat d’esperit que ell professava, a més de treure’n profit, s’ho passaran molt bé” (pàg. 569).  

dissabte, 25 de maig del mmxix

Publicat a La Llança, el 6 de juny  del 2019

© Xavier Serrahima 2019

orcid.org/0000-0003-3528-4499
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima


Aquesta anàlisi literària de “Cartes d’un polemista (1907-1973), d’Eugeni Xammar” de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Notes de lectura

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Trenta anys decisius

 

Si ens agrada llegir, hi ha, sens dubte, moltes maneres de procurar conèixer la història d’alguns dels més convulsos anys del segle XX, ja sigui mitjançant llibres d’història, de novel·les que ens hi traslladin —i, en aquest aspecte, les obres de Vassili Grossman, Vida i destí i Repòs etern i altres narracions, entre d’altres, són gairebé insuperables—, o ja sigui de primera mà, accedint a textos escrits en aquells temps. Textos en principi no pensats per publicar-se i, per tant, autèntics.

Si, al damunt, aquests textos són cartes i les van escriure un autor de la talla de Stefan Zweig i la seva segona dona, Friderike Zweig, com ell, lletraferida, ben poc més podem demanar. Com a màxim que se’ns ofereixi una bona traducció, que respecti l’original i ens l’acosti amb la major fidelitat possible. I això, exactament, és el que ens ha brindat Acantilado: Correspondencia (1912-1942) (Briefwechel 1912-1942), que recull una selecció de les cartes que es van intercanviar marit i muller al llarg de trenta anys, en una nova esplèndida versió del malaguanyat Joan Fontcuberta —al qual dedico, amb tota la meva modèstia però també tot el meu agraïment, aquesta anàlisi.

Trenta anys, llargs, inacabables, dolorosos, inesborrables, que marcaren amb força no tan sols la primera meitat del segle passat, sinó tot ell: som, encara, el producte de les dues guerres mundials i, sobretot, d’algunes de les decisions que els països vencedors van prendre ben poc després d’acabada la segona. I això una persona d’una clarividència —clarividència desvirtuada al final dels seus dies per un excés de pressió, però clarividència, al capdavall— com l’autor de Moments estel·lars de la humanitat, ho va saber diagnosticar amb encert. Amb massa encert, segurament, perquè la seva premonició va ésser una de les raons, sinó la principal, que el va dur a suïcidar-se l’any 1942.

Perquè, si fem cas tant de la seva darrera carta, adreçada a Friedrike, com de les que va escriure poc abans, fa la impressió que si va optar per acabar amb la seva vida —“Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes. […] No puedes imaginar la plácida alegría que me ha invadido desde que tomé tal decisión” (pàg. 467)— no va ésser tant pel que havia patit fins llavors ni pel (molt) que estava patint en aquells moments sinó perquè preveia que el final de la guerra, que encara veia lluny, no aportaria cap solució, ja que el mal causat havia estat massa ingent: “No pensemos demasiado en los años venideros, pues seguro que traerán la destrucción de muchas cosas que nosotros anhelamos: una vida sosegada y algo de seguridad… y que incluso tras el final de Hitler el mundo seguirá teniendo sus problemas para encontrar un nuevo camino, como los tendremos todos nosotros” (pàg. 459).

Tanmateix, el que més ens interessa no són les circumstàncies o (des)raons de la seva mort, sinó les de la seva vida. I l’epistolari ens permetrà conèixer no tan sols com veia el món sinó, sobretot, com el sentia, perquè si alguna cosa destaca en la personalitat de l’autor austríac és la seva sensibilitat, tan artística com espiritual. Si tant les seves novel·les, les seves narracions com, per damunt de tot, els seus assaigs assoleixen una pregona fondària psicològica és perquè ell era capaç de llegir en l’interior de les persones d’una manera extraordinària, perquè el que li importava no era l’aparença sinó l’essència, no el semblar sinó l’ésser.

Probablement és per això que sobta que, com posen de manifest algunes de les cartes que li va escriure en els períodes més complicats o conflictius de la seva relació, no fos capaç d’entendre la seva dona, que seguís essent per a ell una estranya, algú a qui només coneixia de manera superficial malgrat tants anys de convivència.

Potser, també, perquè, en realitat, més que no pas una dona o una companya de vida, el que necessitava Zweig era una secretària, algú que el descarregués de les mil i una gestions insofribles que comporta l’existència social: “Me alegra que tengas previsto volver a viajar en septiembre, mientras yo esté fuera, pues de lo contrario pasaríamos más tiempo separados que juntos […] y yo me sentiría como una simple ama de llaves y secretaria” (pàg. 227).

Per sort, aquesta no és l’única sorpresa que ens depararà la lectura d’aquest epistolari. Les altres, no les desvetllaré, crec que és preferible que siguin els lectors els que les vagin trobant ells mateixos. N’hi haurà ben bé prou dient que descobriran facetes —algunes d’importants, d’altres, menors però no per això menys curioses— poc conegudes de l’autor de tantes obres memorables.

dimecres, 26 de setembre del mmxviii

 
(Propuesta de) Traducción al castellano:

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Treinta años decisivos

 

Si nos gusta leer, hay, sin duda, muchas maneras de procurar conocer la historia de algunos de los más convulsos años del siglo XX, ya sea mediante libros de historia, de novelas que trasladen a aquel tiempo —y, en este aspecto, las obras de Vassili Grossman, Vida y destino y Reposo eterno y otras narraciones, entre otras, son casi insuperables—, o ya sea de primera mano, accediendo a textos escritos entonces. Textos en principio no pensados para ser publicados y, por lo tanto, auténticos.

Si, además, estos textos son cartas y las escribieron, por una parte, un autor de la talla de Stefan Zweig y, por otra, su segunda esposa, Friderike Zweig, como él, letraherida, no creo que podamos pedir demasiado más. Como máximo que se nos ofrezca una buena traducción, que respete el original y nos lo acerque con la mayor fidelidad posible. Y esto, exactamente, es lo que nos ha brindado Acantilado: Correspondencia (1912-1942) (Briefwechel 1912-1942), que recoge una selección de las cartas que se intercambiaron marido y mujer durante treinta años, en una nueva espléndida versión del malogrado Joan Fontcuberta —a quien dedico, con toda mi modestia pero también todo mi agradecimiento, esta análisis.

Treinta años, largos, inacabables, dolorosos, imborrables, que marcaron con fuerza no sólo la primera mitad del siglo pasado, sino el conjunto del siglo: somos, aún, el producto de las dos guerras mundiales y, sobre todo, de algunas de las decisiones que los países vencedores tomaron muy poco después de acabar la segunda. Y esto una persona de una clarividencia —clarividencia desvirtuada al final de sus días debido a un exceso de presión, pero clarividencia, al fin y al cabo— como el autor de Momentos estelares de la humanidad, lo supo diagnosticar con acierto. Con demasiado acierto, seguramente, porqué su premonición fue una de las razones, sino la principal, que le llevó a suicidarse el año 1942.

Porque, si atendemos tanto a su última carta, dirigida a Friedrike, como a las que escribió un poco antes, da la impresión de que si optó por acabar con su vida —“Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes. […] No puedes imaginar la plácida alegría que me ha invadido desde que tomé tal decisión” (pág. 467)— no fue tanto por lo que había padecido hasta entonces ni por lo (mucho) que estaba padeciendo en aquellos momentos sino porque preveía que el final de la guerra, que todavía veía lejos, no aportaría ninguna solución, ya que el mal causado había sido demasiado ingente: “No pensemos demasiado en los años venideros, pues seguro que traerán la destrucción de muchas cosas que nosotros anhelamos: una vida sosegada y algo de seguridad… y que incluso tras el final de Hitler el mundo seguirá teniendo sus problemas para encontrar un nuevo camino, como los tendremos todos nosotros” (pág. 459).

No obstante, lo que más nos interesa no son las circunstancias o (des)razones de su muerte, sino las de su vida. Y el epistolario nos permitirá conocer no sólo cómo veía el mundo sino, sobre todo, cómo lo sentía, porque si alguna cosa destaca en la personalidad del autor austríaco es su sensibilidad, tanto artística como espiritual. Si tanto sus novelas, narraciones como, por encima de todo, sus ensayos consiguen alcanzar una profunda hondura psicológica es porque era capaz de leer en el interior de las personas de una manera extraordinaria, porque lo que le importaba no era la apariencia sino la esencia, no el parecer, sino el ser.

Probablemente es por esta razón que sorprende que, como ponen de manifiesto algunas de las cartas que escribió en los períodos más complicados o conflictivos de su relación, no fuese capaz de entender su mujer; que ella siguiese siendo para él una extraña, alguien a quien sólo conocía de manera superficial a pesar de tantos años de convivencia.

A lo mejor, también, porque, en realidad, más que no una esposa o una compañera de vida, lo que necesitaba Zweig era una secretaria, alguien que lo descargase de les mil y una gestiones insufribles que conlleva la existencia social: “Me alegra que tengas previsto volver a viajar en septiembre, mientras yo esté fuera, pues de lo contrario pasaríamos más tiempo separados que juntos […] y yo me sentiría como una simple ama de llaves y secretaria” (pág. 227).

Por suerte, ésta no es la única sorpresa que nos deparará la lectura del epistolario. Las otras, no las desvelaré, creo que es preferible que sean los lectores los que las vayan hallando ellos mismos. Será suficiente si digo que descubrirán facetas poco conocidas del autor de tantas obras memorables.

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

Altres anàlisis literàries d’Epistolaris

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

 

Categories
Notes de lectura

Cartes a Milena, Franz Kafka

Cartes a Milena, Franz Kafka

Descobrir la vida entre cartes

Dedicat a Antoni Clapés, en el dia del seu 70è aniversari

Que Franz Kafka és capaç de sacsejar consciències, de passar per la nostra vida com un terratrèmol emocional que ho capgira tot, deixant-nos una pregona petja, canviant-nos i canviant la nostra particular visió del món, en la mesura que això sigui possible, ja ho vam descobrir el primer dia que vam llegir alguna de les seves obres. Sabíem, doncs, que, com succeeix amb tot els grans artistes —amb els artistes, en realitat— llegir-lo comporta, al mateix temps, un gaudi i un enriquiment.

El que no sabíem, el que no podíem saber els que no ens és dat el privilegi de llegir-lo en alemany, és que no tan sols hagués estat tan perdudament corprès per una noia sinó que les cartes que li adreçava acabarien conformant un dels seus llibres més apassionants, aclaparadors i enriquidors; no sabíem que quan escrivia cartes seria capaç de mostrar el seu cor (i el seu esperit) tan al nu; no sabíem que la seva literatura —perquè els escriptors de veritat escriuen literatura cada vegada que enceten una pàgina en blanc— encara ens podia reservar una tan agradable i agraïda sorpresa.

Cartes a Milena (Briefe a Milena), Quid Pro Quo Edicions, juliol del 2018, traduïda per Clara Formosa Plans és un volum excepcional molt difícil de definir o d’enquadrar però molt fàcil de recomanar —que, en realitat, quan t’hi endinses, es recomana tot sol. L’únic que et cal —a banda de llegir el redactat de la contracoberta, que reprodueix el primer paràgraf del pròleg de Feliu Formosa (que, precisament pel seu interès i claredat, crec preferible llegir després de les cartes), per conèixer com i quan es va produir la primera trobada entre tots dos— és estar disposat a concedir-te unes quantes pàgines d’adaptació o d’aclimatació.

Perquè, com qualsevol obra literària de mèrit —és que n’hi ha d’altres, potser?— exigeix que ens hi acarem amb temps suficient i amb concentració, que li dediquem a ella i només a ella, tota la nostra atenció exclusiva. D’entrada, com que arribem a aquest moment transcendental de la seva vida en media res, ens costarà situar-nos, ens costarà entendre la importància que té aquest encontre per a l’autor d’A la colònia penitenciària.

Ens costarà, sobretot saber què sent per ella. O, per dir-ho amb major precisió, que sent exactament per ella. I ens costarà perquè fa la impressió que ni ell mateix no ho sabia, que només ho descobrirà, ho anirà descobrint —i nosaltres amb ell, i aquest és, des del meu punt de vista, un dels gran atractius del llibre— a mesura que li escriu; a mesura que, en escriure-li, va prenent consciència del que sent, del que —per por (sens dubte, un dels referents essencials d’aquesta correspondència) i per falta d’hàbit, per creure que mai no li arribaria— no creu que pugui sentir per ella. Tant poc hi creu que li costarà no ja reconèixer-(s’)ho sinó parlar-ne.

Perquè, com succeeix amb els grans escriptors —i ara penso, per exemple, en Dostoievski, en Tolstoi i en Virginia Woolf — els seus diaris i les seves cartes (o sigui, el que, en un principi, haurien d’ésser dos tipus de diàlegs diferents: els primers, amb ells mateixos; els segons, amb d’altres) són, en realitat, tots dos, idèntics: diàlegs interiors. En siguin o no conscients —més aviat, crec que no en són (almenys, no del tot)—, diaris i cartes són el millor, si no l’únic, mitjà que tenen per conversar amb ells mateixos; de fet, per dialogar amb les seves consciències —si ho preferim així, amb els seu(s) altre jo(s)— per entendre’s ells mateixos, per maldar per veure clar què pensen i què senten.

És per això que, tot i que adjudicar-li un sol adjectiu a aquesta història, a la història que desvetllen les cartes que Kafka adreça a Milena, pot semblar tan senzill com temptador —una història d’amor?, d’amor i de desamor?, dels (únics) temps feliços de Kafka?, de goig i de dol?, de la impossibilitat de l’amor?, del xoc entre els individus i la societat on viuen?, un viatge a l’oceà interior d’un dels més grans autors del segle XX?, una lluita entre àngels i dimonis?, entre Dionís i Apol·lo?, …— entenc que és (molt) més adient no posar-ne només un.

Si ho hem de fer, és preferible posar-los tots. Precisament perquè el major mèrit i valor del llibre és aquesta seva amplitud, aquesta impossibilitat de definir-lo o d’adjectivar-lo: és tan colossal, abasta tant i tant, és —com qualsevol altra obra de l’autor txec que escriu en llengua alemanya— tan omnicompresiu, tan plural i polièdric, que (provar de) definir-lo suposa empobrir-lo, embastardir-lo.

A tot estirar, i de manera molt aproximada, el que podríem dir és que és un molt fidedigne retrat de la condició humana; de la condició humana en general —qui no ha viscut, en pròpia pell, la irrupció d’una personalitat abassegadora que, d’un dia per l’altre, li canvia la visió del (seu) mon?— com la d’un artista en particular.

Si a això hi afegim que es llegeix com una novel·la (més, encara, que s’ha o convé llegir-la com a tal, si se’n vol (ex)treure el seu màxim goig i profit), com una de les millors novel·les epistolars que mai s’hagin escrit —i, en aquest sentit crec que l’esment (carta d’abril maig del 1920) a Pobres gents, la primera novel·la del ja esmentat Fiodor Dostoievski és (prou) significativa—, com una novel·la amarada de sinceritat, d’espontaneïtat, de naturalitat, de l’autenticitat de la vida, de veritat, en definitiva, què més podríem dir al lector per convidar-lo a descobrir-la?

A descobrir-la, a (re)descobrir Franz Kafka i la seva literatura —una de les mostres més evidents i ennoblidores de la identificació absoluta entre persona i obra, entre viure i escriure que distingeix els artistes dels artesans, els escriptors dels escrividors— i a (re)descobrir-se ells mateixos, alhora.

dilluns, 9 de juliol del mmxviii

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

Altres anàlisis literàries d’Epistolaris

Estimat amic.
Correspondència (1946-1964)
Gaziel i Josep Pla
 
Cartes a Mahalta
Màrius Torres
Mercè Figueras
Rainer & Lou
Cartes Seleccionades
James Joyce
Cartes. Antologia
Epistolari
Jordi Arbonès
Antoni Clapés

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Notes de lectura

Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Hannah Arendt / Gershom Scholem

Tradición y política. Correspondencia (1939-1964)

Sinceritat reflexiva

Cada dia que passa sembla més evident —i no cal ésser cap visionari per intuir-ho— que el segle XXI, que havia d’ésser el de la definitiva consagració de la tecnologia, acabarà esdevenint el botxí de les humanitats; el que convertirà, sobretot, el pensament i la reflexió en una rara avis, en una excepció que es mirarà per damunt de l’espatlla, com si la il·lustració i el coneixement humanístic, més que no pas un benefici, fos una malaltia —o, més aviat, una maledicció— que convingués evitar.

El diàleg intel·lectual —em refereixo al seriós, al que és producte fructificat de l’elaboració pròpia, no pas de la repetició (sovint incompresa, i per tant tergiversada) del que han escrit o pensat d’altres— és tan absent en la nostra societat que, molt em temo, ben aviat no sabrem que el més greu perill que ens amenaça és del desconeixement, el de ni tan sols saber que som ignorants. I, el que és més greu, encara ens n’enorgullirem.

És per aquesta raó que cal reivindicar, amb la veu ben alta i clara, la publicació de llibres com Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Editorial Trotta, 2018, traduït per Linda Maeding i Lorena Silos, que recopila les cartes que s’entrecreuaren al llarg de 25 anys Hanna Arendt i Gershom Scholem, dos grans pensadors el nom dels quals hauríem, almenys de (re)conèixer però que és molt possible que la major part de la gent només sigui capaç d’identificar, i tan sols boirosament, en el cas de la segona.

El nivell d’exigència i de seriositat que s’imposaven ja queda patent des de la primera carta conservada, on l’autora nascuda a Hannover és plany perquè “no dispongo ya en absoluto de tiempo para el trabajo intelectual ni consigo hacer nada sensato”. Una situació que és, tan per a ella com per al seu corresponsal, la pitjor imaginable. Ell ho demostra un xic més endavant, quan li comenta que “debemos abrirnos paso a dentelladas […] a través de esta montaña de oscuridad”, quan lloa l’“espíritu reflexivo” de la seva amiga, o quan, ja un parell d’anys més tard, explica que “últimamente solo leo cosas de baja estofa”.

La qual cosa és ben natural si tenim en compte que, ja en aquells any, quan la feina intel·lectual encara conservava íntegre el seu prestigi, quan algun d’ells aconseguia, amb penes i treballs, redactar alguna obra de mèrit ho tenien molt complicat per fer-la arribar als lectors interessats: “la alta dirección [de la revista Contemporary Jewish Record] ha decidido que el nivel es demasiado alto (¡sic!), que debe bajarse y hacerse accesible a un círculo de lectores más grande”; “las «Tesis de filosofía de la historia», que me hubiera gustado tanto ver publicadas, no son publicables aquí [a Nova York, i, per extensió, als Estats Units] por ser «demasiado filosóficas» (la gente no las entiende, las toma por pura sandez)”.

Les cartes són, doncs, un molt fidedigne retrat d’una amistat entre dos pensadors. D’una amistat sovint posada a prova a causa de les divergències que tenien en alguns punts claus relacionats amb el sionisme, però que sobreviu pel sagrat respecte que es tenen l’un a l’altra i, sobretot, perquè ambdós són capaços de combinar una extraordinària (i inusual) franquesa amb una (encara més inusual) molt lloable disponibilitat a acceptar les opinions de l’altre per més contràries que siguin a la seva: “La cuestión más bien me parece la de cómo nos llevaremos el uno con el otro después de esta orgía de sinceridad. De verdad que yo no me tomo a mal su carta ni en lo más mínimo; pero no sé cómo tomará usted la mía”.

Una amistat que, tanmateix, no superarà la darrera prova: la publicació, l’any 1963, d’Eichmann a Jerusalem. Serà llavors, per raons de pes que descobrireu llegint el volum —atès que seré tan insensat com per desvetllar-vos-les—, quan es produeix la ruptura definitiva; quan algunes de les coses que es diuen l’un a l’altra rompen, de manera irremeiable, els “hilos muy finos y firmes” que els unien.

Probablement les cartes (números 132 a 140) que s’escriuen en aquesta època decisiva siguin les més apassionants, atractives i interessants del volum, però la resta també ho són força, fins i tot les, formals i (massa) formulàries, que s’intercanvien per preservar i recuperar les “colecciones judías [robades pels nazis] que posiblemente aun se encuentren en bibliotecas […] públicas alemanas o estén en manos de libreros”, ja que tot i la seva feixuguesa ens descobreixen una realitat pràcticament desconeguda.

Ho són, per un costat, perquè, duts de la mà (i de la paraula) de dos dels seus protagonistes destacats, possibilita que ens convertim en espectadors privilegiats d’un període essencial de la recent història europea (i mundial), i, per un altre, perquè ens brinden l’oportunitat de conèixer millor i més profundament la vida i el(s) pensament(s) d’Arendt i de Scholem.

Però, per damunt de tot, perquè ens fan prendre consciència que un món sense reflexió espiritual i intel·lectual, activa i visible, —Cogito, ergo sum— és un malson obscur (i obscurantista) que no ens podem permetre sota cap concepte ni cap circumstància.

divendres, 6 de juliol del mmxviii

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

(Propuesta de) Traducción al castellano:

Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Hannah Arendt / Gershom Scholem

Sinceridad reflexiva

Cada día que pasa parece más evidente —y no hace falta ser ningún visionario para intuirlo— que el siglo XXI, que tenía que ser el de la definitiva consagración de la tecnología, acabará transformándose en el verdugo de las humanidades; el que convertirá, sobre todo, el pensamiento y la reflexión en una rara avis, en una excepción que se mirará por encima del hombro, como si la ilustración y el conocimiento humanístico, más que no un beneficio, fuese una enfermedad —o, más bien, una maldición— que conviniera evitar.

El diálogo intelectual —me refiero al serio, al que es producto fructificado de la elaboración propia, no de la repetición (a menudo incomprendida, y por lo tanto tergiversada) de lo que han escrito o pensado otros— es tan ausente en nuestra sociedad que, mucho me temo, muy pronto no sabremos que el más grave peligro que nos amenaza es el del desconocimiento, el de ni tan solo saber que somos ignorantes. Y, lo que es más grave, aún, que nos mostraremos orgullosos de serlo.

Es por esta razón que hace falta reivindicar, con la voz bien alta y clara, la publicación de libros como Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Editorial Trotta, 2018, traducido por Linda Maeding y Lorena Silos, que recopila las cartas que se entrecruzaron durante 25 años Hanna Arendt y Gershom Scholem, dos grandes pensadores cuyos nombres deberíamos, al menos, de (re)conocer; por desgracia, es muy posible que la mayor parte de la gente solo sea capaz de identificar, y solo brumosamente, el nombre de la segunda.

El nivel de exigencia y de seriedad que se imponían ya queda patente desde la primera carta conservada, dónde la autora nacida en Hannover se queja del hecho que “no dispongo ya en absoluto de tiempo para el trabajo intelectual ni consigo hacer nada sensato”. Una situación que es, tanto para ella como para su corresponsal, la peor imaginable. Él lo demuestra un poco más adelante, cuando le comenta que “debemos abrirnos paso a dentelladas […] a través de esta montaña de oscuridad”, cuando elogia el “espíritu reflexivo” de su amiga, o cuando, ya un par de años más tarde, explica que “últimamente solo leo cosas de baja estofa”.

Lo que es muy natural si tenemos en cuenta que, ya en aquellos años, cuando el trabajo intelectual todavía conservaba íntegro su prestigio, cuando alguno de ellos conseguía, con esfuerzo, redactar alguna obra de mérito lo tenían muy complicado para hacerlo llegar a los lectores interesados: “la alta dirección [de la revista Contemporary Jewish Record] ha decidido que el nivel es demasiado alto (¡sic!), que debe bajarse y hacerse accesible a un círculo de lectores más grande”; “las «Tesis de filosofía de la historia», que me hubiera gustado tanto ver publicadas, no son publicables aquí [a Nova York, y, por extensión, en los Estados Unidos] por ser «demasiado filosóficas» (la gente no las entiende, las toma por pura sandez)”.

Las cartas son, pues, un muy fidedigno retrato de una amistad entre dos pensadores. De una amistad a menudo puesta a prueba debido a las divergencias que tenían en algunos puntos claves relacionados con el sionismo, pero que sobrevive por el sagrado respeto que se tienen el uno per la otra y, sobre todo, porque los dos son capaces de combinar una extraordinaria (y inusual) franqueza con una (todavía más inusual) más que loable disponibilidad a aceptar las opiniones del otro, por más contrarias que sean a la suya: “La cuestión más bien me parece la de cómo nos llevaremos el uno con el otro después de esta orgía de sinceridad. De verdad que yo no me tomo a mal su carta ni en lo más mínimo; pero no sé cómo tomará usted la mía”.

Una amistad que, sin embargo, no superará la prueba final: la publicación, el año 1963, de Eichmann en Jerusalén. Será entonces, por razones de peso que descubriréis leyendo el volumen —dado que no seré tan insensato como para desvelároslas—, cuando se produce la ruptura definitiva; cuando algunas de las coses que se dicen el uno a la otra rompen, de manera irremediable, los “hilos muy finos y firmes” que los unían.

Probablemente las cartas (números 132 a 140) que se escriben en esta decisiva época sean las más apasionantes, atractivas y interesantes del volumen, pero las demás también lo son mucho, incluso las, formales y (demasiado) formularias, que se intercambian para preservar y recuperar las “colecciones judías [robadas por los nazis] que posiblemente aun se encuentren en bibliotecas […] públicas alemanas o estén en manos de libreros”, ya que, a pesar de su pesadez, nos descubren una realidad prácticamente desconocida.

Lo son, por un lado, porqué, llevados de la mano (y de la palabra) de dos de sus protagonistas destacados, posibilita que nos convirtamos en espectadores privilegiados de un periodo esencial de la reciente historia europea (y mundial), y, por otro, porque nos brindan la oportunidad de conocer mejor y más profundamente la vida y el (los) pensamiento(s) de Arendt y de Scholem.

Pero, por encima de todo, porque nos hacen tomar consciencia de que un mundo sin reflexión espiritual y intelectual, activa y visible, —Cogito, ergo sum— es una pesadilla obscura (y obscurantista) que no nos podemos permitir bajo ningún concepto ni bajo ninguna circunstancia.

Altres anàlisis literàries d’Epistolaris

Estimat amic.
Correspondència (1946-1964)
Gaziel i Josep Pla
 
Cartes a Mahalta
Màrius Torres
Mercè Figueras
Rainer & Lou
Cartes Seleccionades
James Joyce
Cartes. Antologia
Epistolari
Jordi Arbonès
Antoni Clapés

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Notes de lectura

Epistolari, Jordi Arbonès i Antoni Clapés

Epistolari, Jordi Arbonès i Antoni Clapés

El(s) mirall(s) del passat

A poc a poc, amb seriositat, constància i (molta) cura, com s’han de fer —o, més exactament, com s’haurien: encara hi ha editors que creuen que la seva tasca només consisteix en imprimir els originals— les coses, Punctum i Grup d’Estudi de la Traducció Catalana Contemporània van acostant-nos els volums de correspondència d’un dels indiscutibles pioners de la traducció a casa nostra, l’infatigable Jordi Arbonès.

Després de les cartes que s’encreuà amb Manuel de Pedrolo, amb Albert Manent, amb Matthew Tres, amb Joaquim Carbó i amb Francesc Parcerisas, ara fa exactament un any li arribava el torn a un dels poetes —i editors— cabdals dels darrers anys: Antoni ClapésEpistolari Jordi Arbonès & Antoni Clapés.

En un pròleg que destil·la la seva habitual modèstia —“Val a dir que jo mai no hauria pensat que les cartes que enviava a aquell amic llunyà arribarien a tenir cap interès per a ningú” (el subratllat és meu)—, ens explica que “Tot va començar quan jo publicava uns quaderns dins les Edicions dels Dies, de Sabadell, i vaig assabentar-me que en Jordi disposava d’unes traduccions de Henry Miller que no trobaven editor”.

I la resta, hi afegeixo jo, és història. Una història que interessa, i força, perquè, com molt bé indica Pep Sanz Datzira, el curador del volum, a banda de deixar testimoni d’una amistat ferma i fidel que no sabia res de distàncies ni de fronteres, el seu intercanvi de lletres al llarg de setze anys, 1984-2000, explica “de manera fragmentada, i potser per això mateix molt viva, l’activitat literària de dues personalitats singulars en el panorama cultural de les últimes dècades”.

Dues personalitats catalanes que parlen de traducció, de literatura, és clar, però, també, una mica de tot i, especialment, de societat i de política: “Jo crec que repetirem, potser aviat, aquelles converses plenes d’interès en elles mateixes —però, a la vegada, senzilles— sobre tot allò que estimem i que ens preocupa: Catalunya, la literatura, l’amistat”.

Mercès a això, el seu epistolari esdevé un retrat d’un temps i d’un país —de fet, de dos països, car la realitat d’Argentina és quasi tan present com la catalana. D’un temps i d’un país que, no pas perquè sigui tan proper, no ens menys desconegut. Desconegut perquè oblidem, perquè preferim oblidar. Perquè la immediatesa del present —i el nostre present, per més que els nostres representants polítics no semblin haver-se’n adonat, encara, és tan apassionant que no ens queden ulls ni orelles per a res més— no ens deixa temps per pensar en el passat recent ni per recordar-lo.

Aquest fidedigne retrat no ens ha de sorprendre gens, ans al contrari, ja que són els diàlegs escrits amb els seus corresponsals els que permetien Arbonès mantenir el contacte amb la terra que tant va trobar a faltar des del primer dia que la deixà: “Per a mi, les cartes dels amics del terrer són com l’oxigen que necessito per respirar; són els vincle vital amb la meva enyorada (i mitificada, ai las!) terra; són l’hàlit que aviva l’emoció i el record dels moments viscuts a casa nostra…”.

Un diàleg que, com hem pogut constatar en la citació que precedeix aquest paràgraf, ens crida l’atenció, malauradament, per la precisió, la riquesa i la fluïdesa del llenguatge que empren els dos corresponsals. Un estil que tots donem per descomptat el en cas de Clapés —si algú encara dubta de la seva vàlua només li cal atansar-se a la llibreria més propera i demanar qualsevol dels seus poemaris i traduccions—,però que, molt em temo, molts dubten que correspongui al traductor. Dic, malauradament, no tan sols perquè aquest estigma ha perseguit des dels seus inicis Arbonès, sinó, sobretot, perquè, pel que a aquest aspecte es refereix, més aviat hi hem sortit perdent que guanyant.

La destructiva combinació de l’afebliment progressiu de l’exigència en l’ensenyament i de l’ús desficiós de les noves tecnologies han fet que la capacitat d’escriure sigui, cada dia més, una espècie en perill d’extinció —i, el que és més greu, una espècie (encara més crucial, en una llengua minoritària i minoritzada com la nostra) que sembla que ningú no tingui cap interès en protegir. I ja no em refereixo a escriure bé, sinó simplement a fer-ho de manera intel·ligible; a permetre la comunicació entre emissor i receptor.

És en aquest sentit que les paraules que Clapés adreça al seu amic el 15 de juny del 1991 no només no es podrien considerar premonitòries, fa 27 anys, sinó que no podrien ésser més actuals (ni més necessàries): “Tan sols l’amor a una idea —a una pràctica— ens fa tirar endavant. […] Crec que a Catalunya sobren savis per dir-nos els mals i ens calen persones que treballin; tan sols amb l’esforç i la fe en les nostres conviccions podrem tirar endavant, sortir de l’atzucac on som”.

Qui —editor o polític— tingui orelles, que escolti. Qui tingui ulls, que llegeixi.

dimecres, 4 de juliol del mmxviii

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

Altres anàlisis literàries d’Epistolaris

Estimat amic.
Correspondència (1946-1964)
Gaziel i Josep Pla
 
Cartes a Mahalta
Màrius Torres
Mercè Figueras
Rainer & Lou
Cartes Seleccionades
James Joyce
Cartes. Antologia
Mercè Rodoreda
Joan Sales
Cartes completes 1960-1983 

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Notes de lectura

Estimat amic. Correspondència (1946-1964), Gaziel i Josep Pla

Estimat amic. Correspondència (1946-1964), Gaziel i Josep Pla

Cartes de no tan lluny

Els darrers anys, amb la publicació de La vida lenta i, sobretot, de Fer-se totes les il·lusions possibles, ens ha fornit l’oportunitat de començar a conèixer una altra cara de Josep Pla, una cara menys maquillada o adulterada pel propi escriptor, més autèntica i genuïna, que ens allunya de la imatge de pagès —més aviat, pagesot— contemplatiu i sorneguer de l’Empordà que es va anar bastint ell mateix al llarg dels volums de la seva Obra completa; que ens acosta a la intimitat de l’escriptor quan es treia la boina d’attrezzo, es mirava al mirall i es veia tal com era.

Amb Estimat amic. Correspondència (1946-1964), Edicions Destino afegeix una nova baula a aquest benvingut procés de deconstrucció del personatge i, per tant, de reconstrucció de la persona Josep Pla. En aquest cas, a través de la mirada, sempre penetrant i il·luminadora, d’Agustí Calvet, que ens arriba mercès a les 51 cartes conservades que envià a l’autor d’El carrer extret. Cartes —o, més aviat, documents, car s’hi inclouen tant telegrames com altres tipus de notes— de valor desigual, algunes d’elles de simple valor testimonial, que posen de manifest la gran estima (i admiració) que, en aquells anys Gaziel sentia pel seu il·lustre compatriota empordanenc.

Una estimació que fa la impressió —la impressió, perquè, com es pot saber de veritat què nia més enllà del cor de les paraules?, en el més profund dels cor de les persones?— que Pla no compartia. Mentre Calvet no tan sols lloa la seva obra (“avui sou l’autor vivent més gloriós i més llegit de Catalunya”) i les seves capacitats (“ningú no coneix tan bé la comarca com vós”), sinó que li expressa ben explícitament el que sent per ell (“A la meva nova casa […] hi tindreu sempre el vostre amic que us estima i us admira”), el de Palafrugell es mostra no ja menys disposat a escriure-li cartes —la desproporció és colossal com significativa: 51 cartes de l’un per 7 de l’altre—, sinó que ho fa d’una manera més protocol·lària, més formal: “Rebeu l’afecte del vostre servidor i amic”; “És sempre vostre affm.”.

I aquesta displicència planiana, evidenciada també pel seu desinterès en trobar-se amb el seu corresponsal, malgrat les contínues invitacions que rep per part seva, encara sobta més quan ens adonem que, a banda d’existir prou raons per sentir-se propers —tots dos són periodistes que han vist truncades les seves prometedores carreres per la Guerra Civil i pel franquisme; tots dos són exiliats de l’interior; tots dos comparteixen una visió amarga del país;…—, algunes de les opinions que expressa Gaziel les hauria pogut no ja subscriure sinó, directament, escriure Pla: “Aquest país […] també té el seu tarannà personal […] i és el de no admetre com a situacions estables més que dugues [sic]: la tirania i l’anarquia, però que s’assemblen tant que un no sap per on comença l’una i acaba l’altra, ni quina ha estat primer […] perquè s’engendren mútuament l’una a l’altra”.

És per això, segurament, que d’entre el poc que comenta el genial creador d’El Quadern gris en les seves escasses lletres, el que més ens interessa són les seves consideracions sobre literatura, sobretot les opinions que, com a membre del primer jurat del premi Sant Jordi de novel·la, expressa sobre la versió inicial de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda (“és un intent fallit”), i sobre Ronda naval sota la boira de Pere Calders (“trobo que la seva collonada marítima cau de les mans, perquè és una llauna impressionant. Sembla mentida que pugui existir una llauna tan ben escrita”).

La qual cosa fa que, pel que a Pla es refereix, acabi interessant-nos més els documents que, amb molt bon criteri, Manuel Llanas, el curador del volum, afegeix com a apèndixs. En ells retroben la força, l’enginy i la vivor que el convertiren en un dels noms indispensables de la literatura catalana de tots els temps. I la retrobem tant en articles que més tard foren traduïts al català per incorporar-los a l’Obra completa, com en un d’escrit en castellà i no traduït, “La rueda del tiempo. Historia y vida de Sant Feliu de Guíxols”.

Article que demostra, per si algú en tenia el dubte, que escrivia en castellà —cal tenir-ho sempre present: la seva llengua habitual quan publicava els seus articles a “Destino” i a d’altres diaris— molt millor que la major part dels periodistes de l’època; amb aquella naturalitat que (al contrari de Manuel de Pedrolo i d’altres resistents de l’interior) cregué que les circumstàncies històriques li imposaven.

Si a això hi afegim que els apèndix inclouen, també, un text, no ja interessant, sinó gairebé indispensable, sobre la història desconeguda —més aviat, oculta o ocultada— del diari La Vanguardia i dels seus fundadors, la família Godó (un text que ben segur que no deixarà ningú indiferent), resulta obvi que la publicació, avalada per la Càtedra Josep Pla de la Universitat de Girona, d’aquesta desigual i irregular correspondència (ampliada) entre dos dels periodistes i escriptors catalans fonamentals del segle XX no podia ésser més escaient.

sant joan del mmxviii

Publicat a Nació Digital, el 25 de juny del 2018

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

Altres anàlisis literàries de Josep Pla

Fer-se totes les
il·lusions
 possibles
El carrer extret La vida lenta El Quadern gris Josep Pla, ficció
autobiogràfica i veritat
literària, Xavier Pla

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

Categories
Citacions literàries

Citacions literàries de Cartes a Mahalta, de Màrius Torres i Mercè Figueras

Citacions literàries de Cartes a Mahalta

*  El dolor és en certa manera la selecció natural de les ànimes.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 30)
*  Déu ha de tenir una feblesa pels heretges.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 31)
*  La majoria de la gent és incapaç d’estimar, perquè és incapaç de vèncer el seu egoisme.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 44)
*  Estar trist és una manera tàcita, sense paraules, de queixar-se.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 134)
*  Si sabéssim callar la meitat de les nostres paraules, tot rutllaria millor.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 140)
*  Una noia sempre jutja la nostra actitud amb més clarividència que nosaltres mateixos.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 146)
*  Un bon súbdit d’un estat totalitari no ha de tenir vida interior; és una condició inexhorable.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 226)
*  Molts vegades els homes no són tan estúpids com algunes de les seves idees.
 Màrius Torres, Cartes a Mahalta, Club Editor, 2017, pàg. 227)