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El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartas de amor y muerte

No creo que haya mucha duda de que leer su correspondencia sea una de las opciones más adecuadas que tenemos para acercarnos a los grandes autores, de poderlos conocer de una manera más directa y, sobre todo, más auténtica. Me refiero, claro, a autores de otros tiempos, que no debían prever que sus cartas fueran publicadas nunca. En lo más recientes, que ya lo podían prever, esta autenticidad hay que ponerla, al menos, entre paréntesis.

Si en Lugar de una recopilación de cartas, un solo libro nos ofrece tres, y de tres grandes escritores, no podemos sino celebrarlo. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, septiembre de 2020, incluye una selección de la las cartas que escribieron aquellos que Gonzalo Torné, editor del volumen, para diferenciarlos de sus predecesores, Wordsworth y Coleridge, denomina el segundo grupo de poetas románticos ingleses del siglo XIX. Caracterizados todos ellos por “una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Cuatro escritores “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apasionado como devastador. Un amor que caracterizó no sólo su obra sino toda su existencia. Una existencia y un amor que los hizo como eran y les hizo escribir como escribieron.

Leyendo la primera parte del volumen, que es, con (mucha) diferencia, la más larga, podremos saber que si Lord Byron vivió fuera de su país de nacimiento no fue tanto por una visión romántica o aventurera de la vida, sino, sobre todo, para huir de Inglaterra y de su familia. De un país y de una familia que le hacían la vida imposible, que la convertían en un infierno del que necesitaba alejarse tanto como le fuera posible.

No es pues, tanto, para vivir nuevas experiencias y poderlas escribir, sino, simplemente, para poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), le dice a su hermanastra Augusta Leigh.

Una necesidad de huir a la que, por supuesto, hay que añadir otros condicionantes personales que contribuyeron decisivamente. Como la incomodidad que le provocaba la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificación i afinidad (electiva) que sentía por Italia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Seguramente, lo que más nos sorprenderá al leer su correspondencia, (en realidad, en cuanto a este aspecto, tanto la suya como la de sus tres compañeros), son las constante referencias al dinero, a las cuestiones económicas, que no acostumbramos a relacionar con los poetas y, menos aún, con los románticos. Así, nos sorprende que en sus escritos no dude en mezclar, con tanta naturalidad aspectos literarios con pecuniarios: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Por lo que al amor se refiere, destaca la pasión y la intensidad con que se dirige a su amada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Cuando, en la segunda parte, leemos las cartas de Keats, lo primero que constatamos es que, cuando de amor se trata, la semejanza con su compañero es total. Como él, también le dice a su amada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Porque, también para el autor de Hyperion el amor es el centro y la razón de su existencia: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que hace lo que hace, que toma las decisiones que toma siempre en función de aquella a quien ama: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, incluso cuando la tuberculosis lo situó entre la espada y la pared, cuando la enfermedad que había que acabar con él le hacía sufrir hasta límites insufribles, lo que sigue siendo más importante para él es Fanny, el amor de su vida: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apasionamiento y una preeminencia del amor que se hace presente, igualmente, en la tercera parte del volumen, que recoge una selección de las cartas del matrimonio Shelley.

 Cuando leemos las que escribe, a los dieciséis y diecisiete años, la joven Mary al que acabaría convirtiéndose en su marido, no sabemos si nos ha de impresionar más su madurez, su dominio de la lengua o su claridad: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un dominio de la lengua y claridad que alcanza su cenit a veintidós cuatro años, cuando Percy muere ahogado y ella escribe, a varios corresponsales, unas cartas (páginas 292 hasta la 322), que, según mi modesto punto de vista —a pesar de que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constituyen algunas de las más emotivas, intensas y conmovedoras de la literatura universal de todos los tiempos.

Digo, expresamente, “de la literatura”, y no “de los epistolarios” porque creo que son muy pocas las obras de creación literaria que pueden, no ya superarlas, sino igualarlas.

Tanto es así que, si el volumen no contara con motivos suficientes para ser leído (y releído), estas treinta páginas ya justificarían, con creces, que fuera recomendado a todos y todas las amantes de las bellas letras; a todos y todas los exploradores de la condición humana.

martes 3 de noviembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
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Notes de lectura

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Trenta anys decisius

 

Si ens agrada llegir, hi ha, sens dubte, moltes maneres de procurar conèixer la història d’alguns dels més convulsos anys del segle XX, ja sigui mitjançant llibres d’història, de novel·les que ens hi traslladin —i, en aquest aspecte, les obres de Vassili Grossman, Vida i destí i Repòs etern i altres narracions, entre d’altres, són gairebé insuperables—, o ja sigui de primera mà, accedint a textos escrits en aquells temps. Textos en principi no pensats per publicar-se i, per tant, autèntics.

Si, al damunt, aquests textos són cartes i les van escriure un autor de la talla de Stefan Zweig i la seva segona dona, Friderike Zweig, com ell, lletraferida, ben poc més podem demanar. Com a màxim que se’ns ofereixi una bona traducció, que respecti l’original i ens l’acosti amb la major fidelitat possible. I això, exactament, és el que ens ha brindat Acantilado: Correspondencia (1912-1942) (Briefwechel 1912-1942), que recull una selecció de les cartes que es van intercanviar marit i muller al llarg de trenta anys, en una nova esplèndida versió del malaguanyat Joan Fontcuberta —al qual dedico, amb tota la meva modèstia però també tot el meu agraïment, aquesta anàlisi.

Trenta anys, llargs, inacabables, dolorosos, inesborrables, que marcaren amb força no tan sols la primera meitat del segle passat, sinó tot ell: som, encara, el producte de les dues guerres mundials i, sobretot, d’algunes de les decisions que els països vencedors van prendre ben poc després d’acabada la segona. I això una persona d’una clarividència —clarividència desvirtuada al final dels seus dies per un excés de pressió, però clarividència, al capdavall— com l’autor de Moments estel·lars de la humanitat, ho va saber diagnosticar amb encert. Amb massa encert, segurament, perquè la seva premonició va ésser una de les raons, sinó la principal, que el va dur a suïcidar-se l’any 1942.

Perquè, si fem cas tant de la seva darrera carta, adreçada a Friedrike, com de les que va escriure poc abans, fa la impressió que si va optar per acabar amb la seva vida —“Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes. […] No puedes imaginar la plácida alegría que me ha invadido desde que tomé tal decisión” (pàg. 467)— no va ésser tant pel que havia patit fins llavors ni pel (molt) que estava patint en aquells moments sinó perquè preveia que el final de la guerra, que encara veia lluny, no aportaria cap solució, ja que el mal causat havia estat massa ingent: “No pensemos demasiado en los años venideros, pues seguro que traerán la destrucción de muchas cosas que nosotros anhelamos: una vida sosegada y algo de seguridad… y que incluso tras el final de Hitler el mundo seguirá teniendo sus problemas para encontrar un nuevo camino, como los tendremos todos nosotros” (pàg. 459).

Tanmateix, el que més ens interessa no són les circumstàncies o (des)raons de la seva mort, sinó les de la seva vida. I l’epistolari ens permetrà conèixer no tan sols com veia el món sinó, sobretot, com el sentia, perquè si alguna cosa destaca en la personalitat de l’autor austríac és la seva sensibilitat, tan artística com espiritual. Si tant les seves novel·les, les seves narracions com, per damunt de tot, els seus assaigs assoleixen una pregona fondària psicològica és perquè ell era capaç de llegir en l’interior de les persones d’una manera extraordinària, perquè el que li importava no era l’aparença sinó l’essència, no el semblar sinó l’ésser.

Probablement és per això que sobta que, com posen de manifest algunes de les cartes que li va escriure en els períodes més complicats o conflictius de la seva relació, no fos capaç d’entendre la seva dona, que seguís essent per a ell una estranya, algú a qui només coneixia de manera superficial malgrat tants anys de convivència.

Potser, també, perquè, en realitat, més que no pas una dona o una companya de vida, el que necessitava Zweig era una secretària, algú que el descarregués de les mil i una gestions insofribles que comporta l’existència social: “Me alegra que tengas previsto volver a viajar en septiembre, mientras yo esté fuera, pues de lo contrario pasaríamos más tiempo separados que juntos […] y yo me sentiría como una simple ama de llaves y secretaria” (pàg. 227).

Per sort, aquesta no és l’única sorpresa que ens depararà la lectura d’aquest epistolari. Les altres, no les desvetllaré, crec que és preferible que siguin els lectors els que les vagin trobant ells mateixos. N’hi haurà ben bé prou dient que descobriran facetes —algunes d’importants, d’altres, menors però no per això menys curioses— poc conegudes de l’autor de tantes obres memorables.

dimecres, 26 de setembre del mmxviii

 
(Propuesta de) Traducción al castellano:

Correspondencia (1912-1942), Stefan Zweig / Friderike Zweig

Treinta años decisivos

 

Si nos gusta leer, hay, sin duda, muchas maneras de procurar conocer la historia de algunos de los más convulsos años del siglo XX, ya sea mediante libros de historia, de novelas que trasladen a aquel tiempo —y, en este aspecto, las obras de Vassili Grossman, Vida y destino y Reposo eterno y otras narraciones, entre otras, son casi insuperables—, o ya sea de primera mano, accediendo a textos escritos entonces. Textos en principio no pensados para ser publicados y, por lo tanto, auténticos.

Si, además, estos textos son cartas y las escribieron, por una parte, un autor de la talla de Stefan Zweig y, por otra, su segunda esposa, Friderike Zweig, como él, letraherida, no creo que podamos pedir demasiado más. Como máximo que se nos ofrezca una buena traducción, que respete el original y nos lo acerque con la mayor fidelidad posible. Y esto, exactamente, es lo que nos ha brindado Acantilado: Correspondencia (1912-1942) (Briefwechel 1912-1942), que recoge una selección de las cartas que se intercambiaron marido y mujer durante treinta años, en una nueva espléndida versión del malogrado Joan Fontcuberta —a quien dedico, con toda mi modestia pero también todo mi agradecimiento, esta análisis.

Treinta años, largos, inacabables, dolorosos, imborrables, que marcaron con fuerza no sólo la primera mitad del siglo pasado, sino el conjunto del siglo: somos, aún, el producto de las dos guerras mundiales y, sobre todo, de algunas de las decisiones que los países vencedores tomaron muy poco después de acabar la segunda. Y esto una persona de una clarividencia —clarividencia desvirtuada al final de sus días debido a un exceso de presión, pero clarividencia, al fin y al cabo— como el autor de Momentos estelares de la humanidad, lo supo diagnosticar con acierto. Con demasiado acierto, seguramente, porqué su premonición fue una de las razones, sino la principal, que le llevó a suicidarse el año 1942.

Porque, si atendemos tanto a su última carta, dirigida a Friedrike, como a las que escribió un poco antes, da la impresión de que si optó por acabar con su vida —“Cuando recibas esta carta yo me sentiré mucho mejor que antes. […] No puedes imaginar la plácida alegría que me ha invadido desde que tomé tal decisión” (pág. 467)— no fue tanto por lo que había padecido hasta entonces ni por lo (mucho) que estaba padeciendo en aquellos momentos sino porque preveía que el final de la guerra, que todavía veía lejos, no aportaría ninguna solución, ya que el mal causado había sido demasiado ingente: “No pensemos demasiado en los años venideros, pues seguro que traerán la destrucción de muchas cosas que nosotros anhelamos: una vida sosegada y algo de seguridad… y que incluso tras el final de Hitler el mundo seguirá teniendo sus problemas para encontrar un nuevo camino, como los tendremos todos nosotros” (pág. 459).

No obstante, lo que más nos interesa no son las circunstancias o (des)razones de su muerte, sino las de su vida. Y el epistolario nos permitirá conocer no sólo cómo veía el mundo sino, sobre todo, cómo lo sentía, porque si alguna cosa destaca en la personalidad del autor austríaco es su sensibilidad, tanto artística como espiritual. Si tanto sus novelas, narraciones como, por encima de todo, sus ensayos consiguen alcanzar una profunda hondura psicológica es porque era capaz de leer en el interior de las personas de una manera extraordinaria, porque lo que le importaba no era la apariencia sino la esencia, no el parecer, sino el ser.

Probablemente es por esta razón que sorprende que, como ponen de manifiesto algunas de las cartas que escribió en los períodos más complicados o conflictivos de su relación, no fuese capaz de entender su mujer; que ella siguiese siendo para él una extraña, alguien a quien sólo conocía de manera superficial a pesar de tantos años de convivencia.

A lo mejor, también, porque, en realidad, más que no una esposa o una compañera de vida, lo que necesitaba Zweig era una secretaria, alguien que lo descargase de les mil y una gestiones insufribles que conlleva la existencia social: “Me alegra que tengas previsto volver a viajar en septiembre, mientras yo esté fuera, pues de lo contrario pasaríamos más tiempo separados que juntos […] y yo me sentiría como una simple ama de llaves y secretaria” (pág. 227).

Por suerte, ésta no es la única sorpresa que nos deparará la lectura del epistolario. Las otras, no las desvelaré, creo que es preferible que sean los lectores los que las vayan hallando ellos mismos. Será suficiente si digo que descubrirán facetas poco conocidas del autor de tantas obras memorables.

© Xavier Serrahima 2018
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Altres anàlisis literàries d’Epistolaris

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 Internacional de Creative Commons

 

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Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Hannah Arendt / Gershom Scholem

Tradición y política. Correspondencia (1939-1964)

Sinceritat reflexiva

Cada dia que passa sembla més evident —i no cal ésser cap visionari per intuir-ho— que el segle XXI, que havia d’ésser el de la definitiva consagració de la tecnologia, acabarà esdevenint el botxí de les humanitats; el que convertirà, sobretot, el pensament i la reflexió en una rara avis, en una excepció que es mirarà per damunt de l’espatlla, com si la il·lustració i el coneixement humanístic, més que no pas un benefici, fos una malaltia —o, més aviat, una maledicció— que convingués evitar.

El diàleg intel·lectual —em refereixo al seriós, al que és producte fructificat de l’elaboració pròpia, no pas de la repetició (sovint incompresa, i per tant tergiversada) del que han escrit o pensat d’altres— és tan absent en la nostra societat que, molt em temo, ben aviat no sabrem que el més greu perill que ens amenaça és del desconeixement, el de ni tan sols saber que som ignorants. I, el que és més greu, encara ens n’enorgullirem.

És per aquesta raó que cal reivindicar, amb la veu ben alta i clara, la publicació de llibres com Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Editorial Trotta, 2018, traduït per Linda Maeding i Lorena Silos, que recopila les cartes que s’entrecreuaren al llarg de 25 anys Hanna Arendt i Gershom Scholem, dos grans pensadors el nom dels quals hauríem, almenys de (re)conèixer però que és molt possible que la major part de la gent només sigui capaç d’identificar, i tan sols boirosament, en el cas de la segona.

El nivell d’exigència i de seriositat que s’imposaven ja queda patent des de la primera carta conservada, on l’autora nascuda a Hannover és plany perquè “no dispongo ya en absoluto de tiempo para el trabajo intelectual ni consigo hacer nada sensato”. Una situació que és, tan per a ella com per al seu corresponsal, la pitjor imaginable. Ell ho demostra un xic més endavant, quan li comenta que “debemos abrirnos paso a dentelladas […] a través de esta montaña de oscuridad”, quan lloa l’“espíritu reflexivo” de la seva amiga, o quan, ja un parell d’anys més tard, explica que “últimamente solo leo cosas de baja estofa”.

La qual cosa és ben natural si tenim en compte que, ja en aquells any, quan la feina intel·lectual encara conservava íntegre el seu prestigi, quan algun d’ells aconseguia, amb penes i treballs, redactar alguna obra de mèrit ho tenien molt complicat per fer-la arribar als lectors interessats: “la alta dirección [de la revista Contemporary Jewish Record] ha decidido que el nivel es demasiado alto (¡sic!), que debe bajarse y hacerse accesible a un círculo de lectores más grande”; “las «Tesis de filosofía de la historia», que me hubiera gustado tanto ver publicadas, no son publicables aquí [a Nova York, i, per extensió, als Estats Units] por ser «demasiado filosóficas» (la gente no las entiende, las toma por pura sandez)”.

Les cartes són, doncs, un molt fidedigne retrat d’una amistat entre dos pensadors. D’una amistat sovint posada a prova a causa de les divergències que tenien en alguns punts claus relacionats amb el sionisme, però que sobreviu pel sagrat respecte que es tenen l’un a l’altra i, sobretot, perquè ambdós són capaços de combinar una extraordinària (i inusual) franquesa amb una (encara més inusual) molt lloable disponibilitat a acceptar les opinions de l’altre per més contràries que siguin a la seva: “La cuestión más bien me parece la de cómo nos llevaremos el uno con el otro después de esta orgía de sinceridad. De verdad que yo no me tomo a mal su carta ni en lo más mínimo; pero no sé cómo tomará usted la mía”.

Una amistat que, tanmateix, no superarà la darrera prova: la publicació, l’any 1963, d’Eichmann a Jerusalem. Serà llavors, per raons de pes que descobrireu llegint el volum —atès que seré tan insensat com per desvetllar-vos-les—, quan es produeix la ruptura definitiva; quan algunes de les coses que es diuen l’un a l’altra rompen, de manera irremeiable, els “hilos muy finos y firmes” que els unien.

Probablement les cartes (números 132 a 140) que s’escriuen en aquesta època decisiva siguin les més apassionants, atractives i interessants del volum, però la resta també ho són força, fins i tot les, formals i (massa) formulàries, que s’intercanvien per preservar i recuperar les “colecciones judías [robades pels nazis] que posiblemente aun se encuentren en bibliotecas […] públicas alemanas o estén en manos de libreros”, ja que tot i la seva feixuguesa ens descobreixen una realitat pràcticament desconeguda.

Ho són, per un costat, perquè, duts de la mà (i de la paraula) de dos dels seus protagonistes destacats, possibilita que ens convertim en espectadors privilegiats d’un període essencial de la recent història europea (i mundial), i, per un altre, perquè ens brinden l’oportunitat de conèixer millor i més profundament la vida i el(s) pensament(s) d’Arendt i de Scholem.

Però, per damunt de tot, perquè ens fan prendre consciència que un món sense reflexió espiritual i intel·lectual, activa i visible, —Cogito, ergo sum— és un malson obscur (i obscurantista) que no ens podem permetre sota cap concepte ni cap circumstància.

divendres, 6 de juliol del mmxviii

© Xavier Serrahima 2018
www.racodelaparaula.cat
@XavierSerrahima

(Propuesta de) Traducción al castellano:

Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Hannah Arendt / Gershom Scholem

Sinceridad reflexiva

Cada día que pasa parece más evidente —y no hace falta ser ningún visionario para intuirlo— que el siglo XXI, que tenía que ser el de la definitiva consagración de la tecnología, acabará transformándose en el verdugo de las humanidades; el que convertirá, sobre todo, el pensamiento y la reflexión en una rara avis, en una excepción que se mirará por encima del hombro, como si la ilustración y el conocimiento humanístico, más que no un beneficio, fuese una enfermedad —o, más bien, una maldición— que conviniera evitar.

El diálogo intelectual —me refiero al serio, al que es producto fructificado de la elaboración propia, no de la repetición (a menudo incomprendida, y por lo tanto tergiversada) de lo que han escrito o pensado otros— es tan ausente en nuestra sociedad que, mucho me temo, muy pronto no sabremos que el más grave peligro que nos amenaza es el del desconocimiento, el de ni tan solo saber que somos ignorantes. Y, lo que es más grave, aún, que nos mostraremos orgullosos de serlo.

Es por esta razón que hace falta reivindicar, con la voz bien alta y clara, la publicación de libros como Tradición y política. Correspondencia (1939-1964), Editorial Trotta, 2018, traducido por Linda Maeding y Lorena Silos, que recopila las cartas que se entrecruzaron durante 25 años Hanna Arendt y Gershom Scholem, dos grandes pensadores cuyos nombres deberíamos, al menos, de (re)conocer; por desgracia, es muy posible que la mayor parte de la gente solo sea capaz de identificar, y solo brumosamente, el nombre de la segunda.

El nivel de exigencia y de seriedad que se imponían ya queda patente desde la primera carta conservada, dónde la autora nacida en Hannover se queja del hecho que “no dispongo ya en absoluto de tiempo para el trabajo intelectual ni consigo hacer nada sensato”. Una situación que es, tanto para ella como para su corresponsal, la peor imaginable. Él lo demuestra un poco más adelante, cuando le comenta que “debemos abrirnos paso a dentelladas […] a través de esta montaña de oscuridad”, cuando elogia el “espíritu reflexivo” de su amiga, o cuando, ya un par de años más tarde, explica que “últimamente solo leo cosas de baja estofa”.

Lo que es muy natural si tenemos en cuenta que, ya en aquellos años, cuando el trabajo intelectual todavía conservaba íntegro su prestigio, cuando alguno de ellos conseguía, con esfuerzo, redactar alguna obra de mérito lo tenían muy complicado para hacerlo llegar a los lectores interesados: “la alta dirección [de la revista Contemporary Jewish Record] ha decidido que el nivel es demasiado alto (¡sic!), que debe bajarse y hacerse accesible a un círculo de lectores más grande”; “las «Tesis de filosofía de la historia», que me hubiera gustado tanto ver publicadas, no son publicables aquí [a Nova York, y, por extensión, en los Estados Unidos] por ser «demasiado filosóficas» (la gente no las entiende, las toma por pura sandez)”.

Las cartas son, pues, un muy fidedigno retrato de una amistad entre dos pensadores. De una amistad a menudo puesta a prueba debido a las divergencias que tenían en algunos puntos claves relacionados con el sionismo, pero que sobrevive por el sagrado respeto que se tienen el uno per la otra y, sobre todo, porque los dos son capaces de combinar una extraordinaria (y inusual) franqueza con una (todavía más inusual) más que loable disponibilidad a aceptar las opiniones del otro, por más contrarias que sean a la suya: “La cuestión más bien me parece la de cómo nos llevaremos el uno con el otro después de esta orgía de sinceridad. De verdad que yo no me tomo a mal su carta ni en lo más mínimo; pero no sé cómo tomará usted la mía”.

Una amistad que, sin embargo, no superará la prueba final: la publicación, el año 1963, de Eichmann en Jerusalén. Será entonces, por razones de peso que descubriréis leyendo el volumen —dado que no seré tan insensato como para desvelároslas—, cuando se produce la ruptura definitiva; cuando algunas de las coses que se dicen el uno a la otra rompen, de manera irremediable, los “hilos muy finos y firmes” que los unían.

Probablemente las cartas (números 132 a 140) que se escriben en esta decisiva época sean las más apasionantes, atractivas y interesantes del volumen, pero las demás también lo son mucho, incluso las, formales y (demasiado) formularias, que se intercambian para preservar y recuperar las “colecciones judías [robadas por los nazis] que posiblemente aun se encuentren en bibliotecas […] públicas alemanas o estén en manos de libreros”, ya que, a pesar de su pesadez, nos descubren una realidad prácticamente desconocida.

Lo son, por un lado, porqué, llevados de la mano (y de la palabra) de dos de sus protagonistas destacados, posibilita que nos convirtamos en espectadores privilegiados de un periodo esencial de la reciente historia europea (y mundial), y, por otro, porque nos brindan la oportunidad de conocer mejor y más profundamente la vida y el (los) pensamiento(s) de Arendt y de Scholem.

Pero, por encima de todo, porque nos hacen tomar consciencia de que un mundo sin reflexión espiritual y intelectual, activa y visible, —Cogito, ergo sum— es una pesadilla obscura (y obscurantista) que no nos podemos permitir bajo ningún concepto ni bajo ninguna circunstancia.

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