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Notas de lectura

Nada, Carmen Laforet, (Premio Nadal 1944), Ediciones Destino, 1945

Nada, Carmen Laforet

No hace falta decir más

No creo que haya ninguna duda que para que una novela —o cualquier otra obra de arte— pueda proponerse la eternidad se necesario que refleje tan bien como sea posible su tiempo y, a la vez, cualquier otro tiempo. O, lo que se lo mismo, que el tiempo que se refleja en ella, sea, en primer lugar, una imagen limpia y clara de la época en la que transcurre la obra poro que, en segundo lugar, se pueda extrapolar a cualquier otra época. Que baste con cambiar alguna que otra referencia histórica para trasladarse a cualquier otra época.

De la misma manera, hace falta que sea, a la vez, local y universal. Que el lugar dónde se inscribe, dónde transcurre su argumento se pueda identificar con un lugar en concreto —incluso cuando sea el autor quien se lo haya inventado— que podamos conocer y (sobre todo) reconocer. Poro, al mismo tiempo, sin dejar de ser en ningún momento ni por ninguna razón este lugar (en) concreto, individual, inmediatamente identificable, pueda ser —o, más exactamente, representar— cualquier otro lugar.

Que sea particular y, a la vez, universal. Que sea particularmente universal. O, si preferimos decirlo al reves, universalmente particular. Que sea universal precisamente por su particularidad, por su (irrenunciable) localismo.

Nada, de Carmen Laforet, Ediciones Destino, Barcelona, 1945, es, todavía sin menor duda, una de estas grandes grandes novelas que comentaba al principio. De estas que se han convertido, por méritos propios, en un clásico. En un clásico que, si no se produce ningún descalabro colosal, nuestros nietos y bisnietos seguirán leyendo y releyendo cuando haga muchos años que nosotros ya no estemos.

Una novela que, como (casi) todas las obras literarias que perduran, se interroga y nos interroga sobre la condición humana, sobre lo que somos o, más exactamente, sobre lo que no podemos dejar de ser. Sobre los impenetrables abismos del ser: “¿Quién puede entender los mil hilos que unen las almas de los hombres y el alcance de sus palabras?”, (p. 208).

Por cuya razón la dualidad, la constante lucha entre contrarios heraclitana es omnipresente. Si alguna cosa nos define, como a humanos, es nuestra contradictoriedad, nuestra dualidad: “Me repelía instintivamente y a la vez atraía a mi deseo de comodidad”, (p. 83, el subrayado es mío); “La madre le dirigió una sonrisa que me pareció soñadora y sonriente al mismo tiempo” (p. 122, el subrayado es mío); “Me conmovías y me hacías morir de risa al mismo tiempo”, (p. 163, el subrayado es mío).

Una novela madura, madurísima, escrita por una escritora joven, jovencísima. Una novela llena de vida — y de vitalidad— en un mundo sine vida, dónde la vida es lo que menos importa, dónde la vida parece un luxe (más que) prescindible.

Protagonizada por Andrea, una protagonista que, en realidad, es, por encima de todo, una espectadora. Una espectadora implicada, relacionada íntimamente, familiarmente, amicalmente, con todo lo que pasa, pero que siempre se mantiene (más o menos) al margen. Una espectadora que llega a Barcelona un buen día, sin que sepamos —ni, de hecho, nos haga falta (para nada), saber— muy bien de dónde y que, al cabo de un año, dejará la ciudad para marchar a Madrid.

Así, en el primer, esencial, parágrafo, nos dice: “Por dificultades en el último momento para adquirir billetes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto del que había anunciado, y no me esperaba nadie”, (p. 11). Y, en el último, tan esencial como el primer o más todavía: “El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primeros rayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí”, (p. 295).

Llega, pues, a la ciudad a medianoche, cuando ya no la esperaba nadie, y se marcha un año después, por la mañana, dejándolo todo detrás. Y dejándonos con la sensación que, de la misma manera que nadie no la esperaba en entrar en escena, cuando la abandona, nada ni nadie la echará tampoco a faltar. Que todo este largo y tan importante período de su vida, ha acabado no siendo nada para ella. Que ha vivido, en este período, ¡y mucho, ha vivido!, como si no lo hubiera vivido. Como una espectadora que, una vez acabada la función, abandona el teatro y vuelve a su casa. Una casa, la de la calle Aribau, dónde ha vivido todo aquel año, pero que nunca no ha sido la suya —i, aún menos, ha sentido como suya.

Una espectadora, o una ave de paso, que vive, pero que, por encima de todo, narra. Que vive, o más bien, ve, para poder narrar. Para poder narrar y, narrándolo, probar de entenderlo. De entenderlo, de entenderse y, si esto es humanamente posible, entender el mundo que la rodea. Este mundo que, como más conoce, más y más la desconcierta, más y más la decepciona.

Una espectadora que descubrirá, sintiendo —más bien, viviéndolo— en su propia piel que, por más que cuando seamos muy jóvenes nos lo podamos creer, para decirlo en palabras de John Donne, “No man no woman, en este caso— is an island, entire of itself; every man is a piece of the continent, a part of the main”. Que ninguna persona vive aislada del resto del mundo, sino que es una parte de él.

Una parte que, por más que pretenda desentenderse de los otros, que por más que prefiera no implicarse, que decida situarse (tan) al margen (como le sea posible) —“el único deseo de mi vida ha sido que me dejen en paz hacer y capricho”, (p. 108)—, comprobará que no puede actuar como si no estuviera allí, que todo está relacionado, que, un vez en un lugar, el más pequeño o insignificante de los actos provoca consecuencias.

En este sentido, la escena del “pañuelo de magnífico encaje antiguo que mi abuela me había mandado el día de mi primera comunión”, (p. 70) es tan ejemplar como significativa. En su inocencia, cree que “poder hacer a Ena un regalo tan delicadamente bello me compensaba de toda la mezquindad de la vida”, (Íd.), pero no tardará en darse cuenta que lo que consigue es provocar otro conflicto y una nova explosión de extrema violencia en la casa: “Juan intentaba golpear con una silla la cabeza de Angustias y ella había cogido otra como escudo y daba saltos para defenderse”, (p. 70).

Una nueva explosión que le llevará a aprender una de sus primeras grandes lecciones: “Pensé que cualquier alegría de mi vida tenía que compensarla algo desagradable. Que quizás esto era una ley fatal”, (p. 75). Un “quizás” que, como iremos viendo a medida que vayamos avanzando en la lectura de la obra, se convertirá en un “seguro” o, al menos, en un “casi seguro”. Cada vez que le parezca haberse aproximado, aunque sea sólo un poco, no ya a la felicidad, sino a una (cierta) alegría, la caída, el choque contra la realidad, será más dura.

Porqué, como cualquier otra novela que nos narre el paso de la infancia a la madurez, en acabar la obra Andrea no sólo habrá dejado detrás suyo —“detrás de mí”— Barcelona, sino, además y sobre todo, (la mayor parte de) sus sueños y ilusiones. Porqué, por más que, como he apuntado más arriba, el año que ha pasado en la ciudad condal haya acabado siendo nada para ella, este nada hace falta entenderlo como que no ha sacado de él nada de provecho, nada positivo.

Porqué, lo que es seguro, segurísimo, es que la Andrea que entra en escena en la primera página y la que la abandona en la final, se parecen muy poco. Tan poco como el abismo infranqueable que separa la infancia de la madurez, la ingenuidad de la mezquindad, la inexperiencia de la experiencia, el desconocimiento del conocimiento.

Es, seguramente, por esta razón que, como narradora, nos habla del pasado; de su pasado. Que, para narrar, utiliza el pretérito perfecto: “llegué a Barcelona”, “no me esperaba nadie”, “viajaba sola”, “no estaba asustada”;…

De un tiempo que ya no es el tiempo actual; que ya no es su tiempo actual. Un tiempo que, como deja patente la frase final, ha dejado detrás. Y ha dejado detrás de manera definitiva. Como aquel tiempo, y aquel lugar, que ya no ha de volver a pisar. Como aquel lugar dónde le sería imposible volver.

Porqué Barcelona y la casa de la calle Aribau —que son, al menos, tan (y, a lo mejor, hasta un poco más) protagonistas de la novela como la resta de los personajes— no son, en realidad tanto un lugar, sino un tiempo. Un tiempo y, encara más, una atmosfera. Una atmosfera, más social que no urbana, que Laforet retrata magistralmente. Con algunas frases memorables, que paladeamos, delicadamente, al leerlas.

Lo vemos, ya, desde la primera página:

El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre tristes, tenían para mí un gran encanto, ya que envolvía todas mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a una ciudad grande, adorada en mis ensueños por desconocida.

[…] Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas; de establecimientos cerrados; de farolas como centinelas borrachos de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar”, (p. 12).

Una realidad de la que la autora es tan y tan consciente que no duda en hacerla explícita a través de uno de los personajes, de la madre de Ena: “¿No le ha sucedido alguna vez atribuir su estado de ánimo al mundo que le rodea?”, (p. 229).

Frases que, a menudo, nos dicen más —mucho más— que no las prolijas de parágrafos, y incluso de pagines, que otros escritores se obstinan en ir acumulando y acumulando. Tal como si, en literatura, decir mucho supusiese, siempre y automáticamente, decir más. Cuando, en realidad, en la mayoría de las ocasiones, la mejor manera —o, al menos, una de las mejores maneras— de decir mucho es —suele ser— decir (muy) poco.

 Decir tan poco como sea posible, para que los lectores y lectoras lean —y, en leerlo, lo entiendan, puedan extraer de lo que leen el mayor provecho—, precisamente en (y gracias a lo) no dicho, lo que más cuenta, lo que más los enriquecerá. Lo que, sin haberlo dicho el autor o autora, les diga, a ellos y sólo a ellos, lo que les tenía que decir.

Es por esta razón que, aunque una obra de esta magnitud permitiría —y merecería— un análisis literario mucho más amplio y profundo, opto por dejarlo aquí. Sin, pero, renunciar en absoluto, en reanudarlo, en un futuro[1]. Aunque sólo sea para poder volver a leer, una vez más, Nada.

divendres, 22 de gener del mmxxi

***
[1] Si queréis que lo haga, no dudéis en indicármelo en un comentario. Estaré (más que) contento de llevarlo a cabo.

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El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartas de amor y muerte

No creo que haya mucha duda de que leer su correspondencia sea una de las opciones más adecuadas que tenemos para acercarnos a los grandes autores, de poderlos conocer de una manera más directa y, sobre todo, más auténtica. Me refiero, claro, a autores de otros tiempos, que no debían prever que sus cartas fueran publicadas nunca. En lo más recientes, que ya lo podían prever, esta autenticidad hay que ponerla, al menos, entre paréntesis.

Si en Lugar de una recopilación de cartas, un solo libro nos ofrece tres, y de tres grandes escritores, no podemos sino celebrarlo. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, septiembre de 2020, incluye una selección de la las cartas que escribieron aquellos que Gonzalo Torné, editor del volumen, para diferenciarlos de sus predecesores, Wordsworth y Coleridge, denomina el segundo grupo de poetas románticos ingleses del siglo XIX. Caracterizados todos ellos por “una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Cuatro escritores “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apasionado como devastador. Un amor que caracterizó no sólo su obra sino toda su existencia. Una existencia y un amor que los hizo como eran y les hizo escribir como escribieron.

Leyendo la primera parte del volumen, que es, con (mucha) diferencia, la más larga, podremos saber que si Lord Byron vivió fuera de su país de nacimiento no fue tanto por una visión romántica o aventurera de la vida, sino, sobre todo, para huir de Inglaterra y de su familia. De un país y de una familia que le hacían la vida imposible, que la convertían en un infierno del que necesitaba alejarse tanto como le fuera posible.

No es pues, tanto, para vivir nuevas experiencias y poderlas escribir, sino, simplemente, para poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), le dice a su hermanastra Augusta Leigh.

Una necesidad de huir a la que, por supuesto, hay que añadir otros condicionantes personales que contribuyeron decisivamente. Como la incomodidad que le provocaba la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificación i afinidad (electiva) que sentía por Italia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Seguramente, lo que más nos sorprenderá al leer su correspondencia, (en realidad, en cuanto a este aspecto, tanto la suya como la de sus tres compañeros), son las constante referencias al dinero, a las cuestiones económicas, que no acostumbramos a relacionar con los poetas y, menos aún, con los románticos. Así, nos sorprende que en sus escritos no dude en mezclar, con tanta naturalidad aspectos literarios con pecuniarios: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Por lo que al amor se refiere, destaca la pasión y la intensidad con que se dirige a su amada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Cuando, en la segunda parte, leemos las cartas de Keats, lo primero que constatamos es que, cuando de amor se trata, la semejanza con su compañero es total. Como él, también le dice a su amada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Porque, también para el autor de Hyperion el amor es el centro y la razón de su existencia: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que hace lo que hace, que toma las decisiones que toma siempre en función de aquella a quien ama: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, incluso cuando la tuberculosis lo situó entre la espada y la pared, cuando la enfermedad que había que acabar con él le hacía sufrir hasta límites insufribles, lo que sigue siendo más importante para él es Fanny, el amor de su vida: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apasionamiento y una preeminencia del amor que se hace presente, igualmente, en la tercera parte del volumen, que recoge una selección de las cartas del matrimonio Shelley.

 Cuando leemos las que escribe, a los dieciséis y diecisiete años, la joven Mary al que acabaría convirtiéndose en su marido, no sabemos si nos ha de impresionar más su madurez, su dominio de la lengua o su claridad: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un dominio de la lengua y claridad que alcanza su cenit a veintidós cuatro años, cuando Percy muere ahogado y ella escribe, a varios corresponsales, unas cartas (páginas 292 hasta la 322), que, según mi modesto punto de vista —a pesar de que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constituyen algunas de las más emotivas, intensas y conmovedoras de la literatura universal de todos los tiempos.

Digo, expresamente, “de la literatura”, y no “de los epistolarios” porque creo que son muy pocas las obras de creación literaria que pueden, no ya superarlas, sino igualarlas.

Tanto es así que, si el volumen no contara con motivos suficientes para ser leído (y releído), estas treinta páginas ya justificarían, con creces, que fuera recomendado a todos y todas las amantes de las bellas letras; a todos y todas los exploradores de la condición humana.

martes 3 de noviembre del mmxx

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