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El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartas de amor y muerte

No creo que haya mucha duda de que leer su correspondencia sea una de las opciones más adecuadas que tenemos para acercarnos a los grandes autores, de poderlos conocer de una manera más directa y, sobre todo, más auténtica. Me refiero, claro, a autores de otros tiempos, que no debían prever que sus cartas fueran publicadas nunca. En lo más recientes, que ya lo podían prever, esta autenticidad hay que ponerla, al menos, entre paréntesis.

Si en Lugar de una recopilación de cartas, un solo libro nos ofrece tres, y de tres grandes escritores, no podemos sino celebrarlo. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, septiembre de 2020, incluye una selección de la las cartas que escribieron aquellos que Gonzalo Torné, editor del volumen, para diferenciarlos de sus predecesores, Wordsworth y Coleridge, denomina el segundo grupo de poetas románticos ingleses del siglo XIX. Caracterizados todos ellos por “una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Cuatro escritores “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apasionado como devastador. Un amor que caracterizó no sólo su obra sino toda su existencia. Una existencia y un amor que los hizo como eran y les hizo escribir como escribieron.

Leyendo la primera parte del volumen, que es, con (mucha) diferencia, la más larga, podremos saber que si Lord Byron vivió fuera de su país de nacimiento no fue tanto por una visión romántica o aventurera de la vida, sino, sobre todo, para huir de Inglaterra y de su familia. De un país y de una familia que le hacían la vida imposible, que la convertían en un infierno del que necesitaba alejarse tanto como le fuera posible.

No es pues, tanto, para vivir nuevas experiencias y poderlas escribir, sino, simplemente, para poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), le dice a su hermanastra Augusta Leigh.

Una necesidad de huir a la que, por supuesto, hay que añadir otros condicionantes personales que contribuyeron decisivamente. Como la incomodidad que le provocaba la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificación i afinidad (electiva) que sentía por Italia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Seguramente, lo que más nos sorprenderá al leer su correspondencia, (en realidad, en cuanto a este aspecto, tanto la suya como la de sus tres compañeros), son las constante referencias al dinero, a las cuestiones económicas, que no acostumbramos a relacionar con los poetas y, menos aún, con los románticos. Así, nos sorprende que en sus escritos no dude en mezclar, con tanta naturalidad aspectos literarios con pecuniarios: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Por lo que al amor se refiere, destaca la pasión y la intensidad con que se dirige a su amada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Cuando, en la segunda parte, leemos las cartas de Keats, lo primero que constatamos es que, cuando de amor se trata, la semejanza con su compañero es total. Como él, también le dice a su amada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Porque, también para el autor de Hyperion el amor es el centro y la razón de su existencia: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que hace lo que hace, que toma las decisiones que toma siempre en función de aquella a quien ama: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, incluso cuando la tuberculosis lo situó entre la espada y la pared, cuando la enfermedad que había que acabar con él le hacía sufrir hasta límites insufribles, lo que sigue siendo más importante para él es Fanny, el amor de su vida: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apasionamiento y una preeminencia del amor que se hace presente, igualmente, en la tercera parte del volumen, que recoge una selección de las cartas del matrimonio Shelley.

 Cuando leemos las que escribe, a los dieciséis y diecisiete años, la joven Mary al que acabaría convirtiéndose en su marido, no sabemos si nos ha de impresionar más su madurez, su dominio de la lengua o su claridad: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un dominio de la lengua y claridad que alcanza su cenit a veintidós cuatro años, cuando Percy muere ahogado y ella escribe, a varios corresponsales, unas cartas (páginas 292 hasta la 322), que, según mi modesto punto de vista —a pesar de que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constituyen algunas de las más emotivas, intensas y conmovedoras de la literatura universal de todos los tiempos.

Digo, expresamente, “de la literatura”, y no “de los epistolarios” porque creo que son muy pocas las obras de creación literaria que pueden, no ya superarlas, sino igualarlas.

Tanto es así que, si el volumen no contara con motivos suficientes para ser leído (y releído), estas treinta páginas ya justificarían, con creces, que fuera recomendado a todos y todas las amantes de las bellas letras; a todos y todas los exploradores de la condición humana.

martes 3 de noviembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
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Notes de lectura

Encuentro con libros, Stefan Zweig

Encuentro con libros, Stefan Zweig

Invitación a la lectura

En estos tiempos nuestros, en los que la crítica literaria no acaba de hallar ni su lugar ni su camino —principalmente, porque se tiende a confundir reseña con análisis literario; porque todo el mundo habla de los mismos libros y, lo que es (mucho) más grave, hablan de ellos de la misma manera; porque los amigos solo hablan de los libros de sus amigos y, lo que es igualmente, (mucho) más grave, siempre de manera demasiado (sospechosamente) elogiosa— nada mejor que recibir con los brazos bien abiertos una obra como Encuentro con libros (Begegnungen mit Büchern), de Stefan Zweig, traducida por Roberto Bravo de la Varga, publicada por Acantilado el mes de abril de este 2020.

Un libro que no podría tener un título más acertado o más conveniente: el autor vienés no nos habla de los volúmenes que nos debe de hablar, de los que alguna otra persona ha decidido que se debe de hablar, no se basa en ningún canon más o menos establecido, sino que nos habla de los libros con los que ha ido coincidiendo a lo largo de su vida. De aquellos libros que han supuesto un encuentro, para é, que, por unas razones u otras, le han dejado marca: “para entrar a fondo en una gran novela, para leerla de principio a fin, ésta debe despertar algún tipo de inquietud en mi” (p. 63).

De aquellos que él  cree que ha de defender de reivindicar, de dar a conocer a los buenos lectores. Algunos de ells —Witkio (p. 54); Espejo de campesinos (p. 65), Caballero de la muerte (p. 63), La leyenda de Yhyll Ulenspiegel (p. 206)— injustamente olvidados y marginados; otros —Libro de horas (p. 86), Emilo (p. 164), Ulisses (p. 228), Oblómov” (p. 234)— conocidos y reconocidos por todo el mundo, tanto en su tiempo como ahora. Sin llevar  a cabo ningún tipo de distinción entre los unos y los otros. Tratándolos y analizándolos con la misma emoción, con el mismo criterio, serio y personal a la vez.

Serio, profesional, porque sin seriedad no puede existir crítica literaria; personal, porque la personalidad de cada autor debe dejar huella en todo lo que escribe; debe estar presente, por más que sea implícitamente, de manera subterránea, en sus análisis literarios; en sus elecciones, en sus consideraciones.

Razón por la cual ninguna crítica de un analista puede ser igual a la de otro analista. Lo que sí ha de ser, no  igual, pero sí similar, lo que ha de tener (y mostrar) un similitud, un aire de familia, son las diferentes críticas de un mismo autor. Una similitud en la desemejanza —puesto que cada obra nueva requiere un enfoque diferente— pero similitud, al fin y al cabo.

Sea o no consciente de esto, Zweig lo expresa refiriéndose a Thomas Mann: “lo más importante, aunque no lo parezca, es el sujeto enunciador […] Los trazos con los que perfila cada retrato son una forma de completar el suyo. Sus reflexiones no se centran tanto en el objeto como en su propia persona. El fuego que arde dentro de ellos no es el suyo propio, sino un reflejo del que inflama al autor. […] La mejor manera de componer una imagen del propio yo es enfrentarse al mundo” (p. 131).

De la misma manera que el toque o voz personal de cada escritor debe ser reconocible —reconocible, por supuesto, dentro la diversidad de cada obra—, su tono analítico personal también tiene que serlo. Y el del vienés lo es, y mucho. Y lo es, sobre todo, no solo porque vierte en sus análisis toda su alma, su ser, sino porque sigue o aplica siempre, probablemente sin llegar a ser del todo consciente de hacerlo, un mismo criterio.

Un criterio que, desde mi (modesto) punto de vista, permite convertir sus críticas literarias en muy atractivas, en una garantía de estudio en profundidad; en recomendaciones que debemos tener muy y muy en cuenta. En cuenta porque la mezcla entre el gusto personal, su criterio artístico y la su infrangible honestidad, lo convierte en un prescriptor de primera categoría; en un guía muy fiable.

Un criterio, invisible pero omnipresente, cuyas bases, a lo mejor darse cuenta, comparte con nosotros: “[la única manera de obtener un retrato fiel a la verdad consiste en] un proceso en que se combina el rigor filológico con la sincera admiración por el artista” (p. 220); “Conviene que [la] biografía, tan exhaustiva como bien documentada, se complemente con una investigación moderna” (p. 222); “Charles du Bos bucea en el misterio del alma. Salva cualquier dificultad para llegar al núcleo del problema con perspicacia y erudición” (p. 223); “hombre y obra, vida y poesía, fenómenos distintos pero complementarios, comparten un mismo origen, responden a un impulso único” (p. 226).

Pero, por encima de todo, Encuentro con libros es un elogio de la lectura y, por lo tanto, una invitacióna la lectura. A la lectura y a los libros, entendidos como uno de los regalos más preciosos que la humanidad se ha hecho a ella misma. Según él, junto con el de la rueda, uno de los dos inventos más transcendentales de la historia humana.

Porque, quien no conoce el libro “vive encerrado dentro de unos muros infranqueables, sordo a cualquier reclamo, como un troglodita” (p. 13). Porque, “cuando leemos, ¿no vivimos la vida de otras personas, no miramos con sus ojos, no pensamos con su cerebro?” (p. 15). Porque “no existe ninguna fuente de energía que pueda compararse con la potencia con que la palabra impresa alimenta el alma. Intemporal, indestructible, inalterable” (p. 18).

En definitiva, acercaos a vuestra librería de guardia, haced posible vuestro encuentro con éste libro de Zweig, disfrutarlo y degustadlo: no solo os abrirá las puertas del alma, sino las ventanas a gran cantidad de lecturas. Os invitará a un viaje incomparable, que nunca se acaba; un viaje por “las sombras que envuelven el almas de los hombres” (p. 143). Un viaje que no sabemos nunca dónde nos llevará, pero que siempre nos acaba llevando mucho más allá (y a la vez, mucho más adentro) de nosotros mismos.

divendres, 17 de juliol del mmxx

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