Categories
Notes de lectura

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartas de amor y muerte

No creo que haya mucha duda de que leer su correspondencia sea una de las opciones más adecuadas que tenemos para acercarnos a los grandes autores, de poderlos conocer de una manera más directa y, sobre todo, más auténtica. Me refiero, claro, a autores de otros tiempos, que no debían prever que sus cartas fueran publicadas nunca. En lo más recientes, que ya lo podían prever, esta autenticidad hay que ponerla, al menos, entre paréntesis.

Si en Lugar de una recopilación de cartas, un solo libro nos ofrece tres, y de tres grandes escritores, no podemos sino celebrarlo. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, septiembre de 2020, incluye una selección de la las cartas que escribieron aquellos que Gonzalo Torné, editor del volumen, para diferenciarlos de sus predecesores, Wordsworth y Coleridge, denomina el segundo grupo de poetas románticos ingleses del siglo XIX. Caracterizados todos ellos por “una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Cuatro escritores “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apasionado como devastador. Un amor que caracterizó no sólo su obra sino toda su existencia. Una existencia y un amor que los hizo como eran y les hizo escribir como escribieron.

Leyendo la primera parte del volumen, que es, con (mucha) diferencia, la más larga, podremos saber que si Lord Byron vivió fuera de su país de nacimiento no fue tanto por una visión romántica o aventurera de la vida, sino, sobre todo, para huir de Inglaterra y de su familia. De un país y de una familia que le hacían la vida imposible, que la convertían en un infierno del que necesitaba alejarse tanto como le fuera posible.

No es pues, tanto, para vivir nuevas experiencias y poderlas escribir, sino, simplemente, para poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), le dice a su hermanastra Augusta Leigh.

Una necesidad de huir a la que, por supuesto, hay que añadir otros condicionantes personales que contribuyeron decisivamente. Como la incomodidad que le provocaba la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificación i afinidad (electiva) que sentía por Italia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Seguramente, lo que más nos sorprenderá al leer su correspondencia, (en realidad, en cuanto a este aspecto, tanto la suya como la de sus tres compañeros), son las constante referencias al dinero, a las cuestiones económicas, que no acostumbramos a relacionar con los poetas y, menos aún, con los románticos. Así, nos sorprende que en sus escritos no dude en mezclar, con tanta naturalidad aspectos literarios con pecuniarios: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Por lo que al amor se refiere, destaca la pasión y la intensidad con que se dirige a su amada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Cuando, en la segunda parte, leemos las cartas de Keats, lo primero que constatamos es que, cuando de amor se trata, la semejanza con su compañero es total. Como él, también le dice a su amada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Porque, también para el autor de Hyperion el amor es el centro y la razón de su existencia: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que hace lo que hace, que toma las decisiones que toma siempre en función de aquella a quien ama: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, incluso cuando la tuberculosis lo situó entre la espada y la pared, cuando la enfermedad que había que acabar con él le hacía sufrir hasta límites insufribles, lo que sigue siendo más importante para él es Fanny, el amor de su vida: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apasionamiento y una preeminencia del amor que se hace presente, igualmente, en la tercera parte del volumen, que recoge una selección de las cartas del matrimonio Shelley.

 Cuando leemos las que escribe, a los dieciséis y diecisiete años, la joven Mary al que acabaría convirtiéndose en su marido, no sabemos si nos ha de impresionar más su madurez, su dominio de la lengua o su claridad: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un dominio de la lengua y claridad que alcanza su cenit a veintidós cuatro años, cuando Percy muere ahogado y ella escribe, a varios corresponsales, unas cartas (páginas 292 hasta la 322), que, según mi modesto punto de vista —a pesar de que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constituyen algunas de las más emotivas, intensas y conmovedoras de la literatura universal de todos los tiempos.

Digo, expresamente, “de la literatura”, y no “de los epistolarios” porque creo que son muy pocas las obras de creación literaria que pueden, no ya superarlas, sino igualarlas.

Tanto es así que, si el volumen no contara con motivos suficientes para ser leído (y releído), estas treinta páginas ya justificarían, con creces, que fuera recomendado a todos y todas las amantes de las bellas letras; a todos y todas los exploradores de la condición humana.

martes 3 de noviembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima
orcid.org/0000-0003-3528-4499

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Categories
Notes de lectura

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley

Cartes d’amor i de mort

No crec que hi hagi gaire dubte que llegir la seva correspondència sigui una de les opcions més adients que tenim d’acostar-nos als grans autors, de poder-los conèixer d’una manera més directa i, sobretot, més autèntica. Em refereixo, és clar, a autors d’altres temps, que no devien pas comptar que les seves cartes fossin publicades mai. En el més recents, que ja ho podien preveure, aquesta autenticitat cal posar-la, almenys, entre parèntesi.

Si en comptes d’un recull de cartes, un sol llibre ens n’ofereix tres, i de tres grans escriptors, no podem sinó celebrar-ho. El mundo roto. Tres epistolarios románticos, Lord Byron, John Keats, Mary & Percy Shelley, Alpha Decay, setembre del 2020, inclou una selecció de la les cartes que van escriure aquells que Gonzalo Torné, editor del volum, per diferenciar-los dels seus predecessors, Wordsworth i Coleridge, anomena el segon grup de poetes romàntics anglesos del segle XIX. Caracteritzats tots ells per “Una vida apasionada y una muerte temprana. […] Byron [muere] a los treinta y seis; Shelley, a los veintinueve; Keats a los veinticuatro” (p. 7).

Quatre escriptors “la manifestación preferida de los [cuales] será el amor” (p. 8). Un amor tan apassionat com devastador. Un amor que caracteritzà no tan sols la seva obra sinó tota la seva existència. Una existència i un amor que els va fer com eren i els va fer escriure com van escriure.

Llegint la primera part del volum, que és, amb (molta) diferència, la més llarga, podrem saber que si Lord Byron visqué fora del seu país de naixença no fou tant per una visió romàntica o aventurera de la vida, sinó, sobretot, per fugir d’Anglaterra i de la seva família. D’un país i d’una família que li feien la vida impossible, que la convertien en un infern del que li calia allunyar-se’n tant com li fos possible.

No pas tant, doncs, per viure noves experiències i poder-les escriure, sinó, simplement, per poder respirar: “Este sitio es un páramo miserable, una caótica ciénaga de villanía” (p. 30); “Lo único que me gusta de Inglaterra eres tu” (p. 37), li diu a la seva germanastra Augusta Leigh.

Una necessitat de fugir a la qual, per descomptat, cal afegir-hi d’altres condicionants personals que hi van contribuir decisivament. Com la incomoditat que li provocava la vida social —“la soledad se adapta mejor a las inclinaciones de mi temperamento que cualquier clase de sociedad” (p. 34); “es el trato con el mundo el que ha endurecido mi corazón” (p. 35); “Aquí vivo a mi manera, y mi manera es la soledad” (p. 35); “Odio el ajetreo y estar rodeado de gente” (p. 57)— o la identificació i afinitat (electiva) que sentia per Itàlia: “la belleza [de Venecia], pese a que no pasa día sin que decaiga, puede llegar a ser perturbadora” (p. 83).

Segurament, el que més ens sobtarà en llegir la seva correspondència, (en realitat, pel que fa a aquest aspecte, tant la seva com la dels seus tres companys), són les constant referències fa al diner, a les qüestions econòmiques, que no tenim gaire costum de relacionar amb els poetes, i encara menys amb els romàntics. Així, ens sorprèn que en els seus escrits no dubti en mesclar, amb tanta naturalitat aspectes literaris amb pecuniaris: “Que […] al público le guste o no mi «poashia» no tiene la menor importancia, lo único que ahora me importa son las ganancias” (p. 87); “Haced el favor de enviarme todo el dinero que le saquéis a Murray por mi obra” (p. 96).

Pel que a l’amor es refereix, destaca la passió i la intensitat amb que s’adreça a la seva estimada: “Teresa mía, ¿dónde estás?, aquí todo me recuerda a ti, todo es idéntico, pero yo estoy solo y tú ya no estés. Cuando dos se separan sufre menos quien se aleja que aquel que se queda. […] Veo las mismas caras, escucho los mismos tonos de voz, y no me atrevo a mirar hacia nuestro querido sofá, pues sé perfectamente que no te veré a ti sentada” (p. 104); “Te amo, las palabras capaces de expresar hasta qué punto y con qué intensidad todavía no se han acuñado, pero el tiempo hablará por mi y te demostrará hasta qué punto te has convertido en el motivo principal por el que respiro, y el único por el que moriría” (p. 119).

Quan, en la segona part, llegim les cartes de Keats, el primer que constatem és que, quan d’amor es tracta, la semblança amb el seu company és total. Com ell, també li diu a la seva estimada que: “no sé cómo expresar mi devoción por ti con las palabras justas, me gustaría encontrar palabras que superasen en brillo a las más brillantes estrellas, palabras que desbordasen en precisión a las criaturas más precisas de la naturaleza” (p. 200); que: “con las palabras no puedo acercarme a lo mucho que me gustas” (p. 209).

Perquè, també per a l’autor d’Hyperion l’amor és el centre i la raó de la seva existència: “paso todo cuanto ocurre […] por el filtro de nuestro amor” (p. 209); “Yo observo la vida exclusivamente por el ojo de la cerradura de tu amor” (p. 237).

Que fa el que fa, que pren les decisions que pren sempre en funció de la seva estimada: “Estoy deseando retirarme a Winchester, entre otras cosas porque aquí todo me recuerda tu ausencia: los hombres, el paisaje, incluso los guijarros” (p. 211). Que, fins i tot quan la tuberculosi el situà entre l’espasa i la paret, quan la malaltia que havia d’acabar amb ell el feia patir fins a uns límits insofribles, el que segueix essent més important per a ell és Fanny, la seva estimada: “¿Qué valor tendría mi salud si me obligara a renunciar a tu amor?” (p. 233).

Un apassionament i una preeminència de l’amor que es fa present, igualment, en la tercera part del volum, que recull una selecció de les cartes del matrimoni Shelley.

Quan llegim les que escriu, als setze i disset anys, la jove Mary al que acabaria convertint-se en el seu marit, no sabem si ens ha d’impressionar més la seva maduresa, el seu domini de la llengua o la seva claredat: “¿Cómo razonar y filosofar sobre el amor? […] si me pidieran una razón a favor de tu manera de amarme no encontraría ninguna” (p. 250); “creo […] en los amores perfectos, !incluso creo que pueden darse y encontrarse en este mundo¡” (p. 253).

Un domini de la llengua i claredat que assoleix el seu zenit als vint-i-quatre anys, quan Percy mor ofegat i escriu, a diversos corresponsals, unes cartes (pàgines 292 fins la 322), que, segons el meu modest punt de vista —tot i que, “cuando se trata de crítica la mera opinión no constituye prueba alguna” (p. 32)— constitueixen algunes de les més emotives, intenses i colpidores de la literatura universal de tots els temps.

Dic, expressament, “de la literatura”, i no pas “dels epistolaris” perquè crec que són, molt poques obres de creació literària que poden, no ja superar-les, sinó igualar-les.

Tant és així que, si el volum no comptes amb motius suficients per ésser llegit (i rellegit), aquestes trenta pàgines ja justificarien, amb escreix, ser recomanat a tots i totes les amants de les belles lletres; a tots i totes els exploradors de la condició humana.

dimarts 3 de novembre del mmxx

© Xavier Serrahima 2020
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima
orcid.org/0000-0003-3528-4499

Aquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Categories
Notes de lectura

Els desorientats, Amin Maalouf

Una de les grans virtuts de la literatura és permetre’ns capbussar-nos de ple en altres cultures sense moure’ns de casa. Una immersió que pot ésser superficial, exòtica, tot just ornamental, o pregona, enriquidora: quan els autors no només han viatjat, sinó han sabut fer-ho, integrant-se en el paisatge físic i humà que els acull; sens dubte, sense R.L. Stevenson, Joseph Conrad, Lord Byron i altres occidentals sense prejudicis, el nostre bagatge cultural de llegidors sedentaris seria molt més pobre.

En El racisme explicat a la meva filla, Tahar Ben Jellou argüeix que “Viatjar és estimar, descobrir i aprendre, és adonar-se de fins a quin punt les cultures difereixen i són totes belles i riques. No hi ha cap cultura que sigui superior a les altres”. Els desorientats (Les désorientés), Alianza Editorial, Madrid, 2013, traduïda per Anna Casassas, la nova i esplèndida nova novel·la que ens brinda Amin Maalouf es podria ben bé haver inspirat en aquest adagi com a punt de partida…, per a capgirar-lo: quan el viatge no és un marxar, sinó un tornar —un retorn de l’exili—, la descoberta esdevé redescoberta; redescoberta del país natal però, sobretot, d’un mateix —d’aquell aquell antic jo que, tot i de manera inconscient, ha seguit vivint dins seu i conformant-lo.

Al cap de vint-i-cinc anys Adam, el protagonista —un alter ego de l’autor amb fortes ressonàncies autobiogràfiques— retorna gairebé per força al país que de jove havia estat el seu, creient complir un simple tràmit, convençut de dir-li un adéu definitiu, per constatar que, malgrat que se n’ha mantingut allunyat tant de temps, potser no moria d’enyorança, ans d’enyorança vivia: “És cert que cada nit redescobreixo per què em vaig allunyar de la pàtria on vaig néixer; però també redescobreixo, cada matí, per què no hi he tallat mai”, (pàg. 14).

Un país voluntàriament indeterminat i innominat —definit genèricament com a llevantí—, que és el de l’escriptor franco-libanès, però que també pot ésser qualsevol país de l’Orient Mitjà: el paradigma d’aquest Món Àrab desconegut —o, més aviat, malconegut: estrafet per les tendencioses visions maniqueistes que se’ns han volgut transmetre— que fins fa cinquanta anys fascinava gairebé tothom i que des de fa dècades s’ha convertit en el polvorí més perillós del planeta: un eix del mal bel·licós creat i nodrit imprudentment per occident que se li ha acabat escapant de les mans.

Tot amb tot, allò que confereix el seu major atractiu a les reflexions que proposa el llibre és que, tot i que tant el seu enfocament com la seva història són datables i identificables, tan geogràficament, cronològica, política com culturalment, el seu abast i el seu sentit són extrapolables arreu i en qualsevol moment: “Escriure la història dels nostres, de les nostres famílies i de la nostra colla d’amics, la dels nostres deliris i il·lusions no deixa de tenir interès, perquè una mica també és la història de la nostra època, de les seves il·lusions, justament, i dels seus deliris”, (pàg. 274). Com qualsevol creació artística de mèrit, demostra de nou que, al contrari del que creuen alguns falsos cosmopolites, per assolir la universalitat cal tenir unes bones arrels en el particular.

L’obra constitueix una apologia de la diferència i el diàleg, una clara defensa de la llibertat personal, de pensament, de culte, de decisió i d’acció, una oposició frontal a qualsevol mena de tirania —“La vergonya és un instrument de la tirania. La culpabilitat i la vergonya se les han inventat les religions per tenir-nos ben lligats”, (pàg. 202)—, contra tots aquells (teòrics) dogmes que cimenten les “posicions fortificades” —“Tant si som jueus com si som àrabs, només podem triar entre odiar l’altre o odiar-nos a nosaltres mateixos”, (pàg. 278)—, que limiten o fins i tot anul·len les capacitats de l’ésser humà, en comptes d’eixamplar-les: “Els principis són lligams, amarres; quan els trenques, t’alliberes, però com un globus ple d’heli, que puja, puja i puja i sembla que s’elevi cap al cel, mentre que en realitat s’eleva cap al no-res”, (pàg. 177).

Però, principalment, Els desorientats ens narra una història magnífica, tot i que amarga, sobre l’indeturable pas del temps; sobre aquell temps que avança de manera implacable. Així, el motiu inicial del retorn, el darrer intent de reconciliar-se amb “[l’]amic perdut”, (pàg. 260), esdevé una perfecta metàfora de la novel·la: és un pelegrinatge a la recerca no tan sols de l’amic perdut, sinó de les amistats —i de l’amistat, en genèric— perdudes: “Per a mi [els amics] eren quasi més importants que la família, (pàg. 271); “Els amics serveixen per preservar-te les il·lusions tant de temps com pugui ser”, (pàg. 481).

I també, i sobretot, dels temps perduts. D’aquell temps d’infància i joventut que, com descobrí Marcel Proust, tan sols podem maldar per recuperar intel·lectualment: “[Faig un viatge d’amor] a la terra on vaig néixer. […] Un viatge en el temps […] molt més que en l’espai”, (pàg. 361). Un viatge cap el passat que desvetlla el plany i el dolor de les oportunitats no ja perdudes, sinó balafiades. O, més exactament, de les “desercions”, (pàg. 260) que ens obliga a fer la vida: “Volíem remoure les mentalitats i fer trontollar els vells costums”, (pàg. 271).

De la cruel col·lisió entre els ideals de la joventut i la realitat quotidiana de Maiakovski: “No us explicaré històries de paradisos perduts, però és exactament la sensació que conservo. Un paradís del qual hauria estat expulsat, com l’avantpassat que es diu com jo. Però no per culpa d’una falta, sinó per culpa d’un accident”, (pàg. 429) Una (nova) metàfora del llibre sencer: tant ell, Adam, com els seus companys, encara es dolen d’haver estat expulsat del seu Paradís Perdut. Un paradís perdut que, tot i ésser-ho, no és tant el de la seva joventut, sinó el dels seus somnis de joventut: “El país l’absència del qual m’entristeix i obsedeix no és el que vaig conèixer de jove; és el que vaig somniar i que no ha pogut veure mai la llum”, (pàg. 67).

Com més avança en la seva recerca de la identitat, que és tant individual com col·lectiva —“A quin costat estic, jo, l’àrab cristià que fa tant de temps que viu a França? Al costat de l’Islam o al de l’Occident? I quan dic «nosaltres», a qui em refereixo? […] Per a mi, aquests dos universos rivals són alhora «ells» i «nosaltres»”, (pàg. 345)— més s’adona que “A la llarga, tots els fills d’Adam i Eva són infants perduts”, (pàg. 499). Hansels i Gretels desorientats, que en el seu dia, deixaren casa seva per capbussar-se al bosc de les idees, s’hi van perdre, irremissiblement, i mai més no han sabut tornar a la seva llar. Entre d’altres raons, perquè, com acabaran descobrint —amb un dolor desesperançat, esquinçador—, no sempre les portes que tanques al teu darrera poden tornar-se a obrir.

És en aquest sentit que la novel·la, no és tant —o no és només— una apassionant i enriquidora reflexió sobre el xoc entre cultures i sobre la fe religiosa —“Quina fe és aquesta que diu a un home que deixi els seus amics més íntims, els més sincers, per poder acostar-se a Déu?”, (pàg. 261), sinó sobre la seva pèrdua, però en un sentit més ampli; no únicament de la fe religiosa, sinó en un sentit més ampli: la pèrdua de la fe en les consignes, en els ideals, en la capacitat de canviar les coses, en un futur millor…

En síntesi, tot i haver resultat “una catarsi útil per a la [s]eva salut mental”, (pàg. 130), la de Maalouf és una obra brillant d’un autor brillant, que ha superat els perills del component introspectiu —“Has d’escriure amb sinceritat, com si es tractés d’un memoràndum íntim”, (pàg. 131)— o nostàlgic de la seva experiència vital per transformar-la en literatura. I que ho fa amb una visió plural i omnicompresiva, talment com si hagués volgut seguir una de les màximes de Moo Pak, de Gabriel Josipovici: “Per reconciliar-t’hi, va dir, cal que redescobreixis com es pot estar profundament implicat i alhora ser sempre capaç de veure l’altra banda de les coses”.

Publicat al Suplement de Cultura d’El Punt Avui, 12 de juliol del mmxiii

© Xavier Serrahima 2013
www.racodelaparaula.cat

Categories
Notes de lectura

La marca de l’aigua, Joseph Brodsky

 Que la novel·la és un gènere tan difícil de definir com de classificar ho sabem des dels seus inicis remots, des que Apuleu escrigué L’ase d’or, Cervantes el Quixot o Sterne La vida i opinions de Tristram Shandy. La novel·la és, alhora, tot i no-res; el que és, el que pot ésser i, fins i tot, el que no és. És un gènere generós, ampli, que gairebé —i, des del segle passat, sense gairebé— ho admet i ho assimila tot, que s’alimenta i retroalimenta de tot.

Tant és així que hem de considerar que una novel·la serà allò que el seu autor —o editor, en el seu defecte— consideri que és una novel·la. En termes de Schopenhauer, podríem dir que no depèn tant del seu contingut, sinó de la voluntat —no de l’ésser, sinó de la voluntat d’ésser. És per aquesta raó que cada dia resulta més absurd balafiar el temps tractant d’escatir dins de quina casella genèrica cal encaixonar les obres literàries. L’ordre, l’afany de catalogació és més una necessitat nostra —induïda per l’obsessió de cercar una lògica a la il·lògica del món (i de l’existència)— que no pas literària.

Ben poc profit obtindrem, doncs, si provem de classificar —com caçadors que llueixen al menjador de casa seva les testes de les seves malaguanyades captures— amb mil·limètrica precisió tot allò que anem llegint. La marca de l’aigua (Watermark), de Joseph Brodsky, Viena Edicions, Barcelona, 2011, és una novel·la, un llibre de viatges, un diari, un dietari, unes memòries, un conjunt de reflexions vivencials, poesia en prosa, poesia?

Segurament totes i cadascuna d’aquestes opcions són vàlides. En realitat —i això és el que li confereix més grandesa—, és totes i cadascuna d’aquestes coses alhora, de manera simultània. És tot això, al mateix temps i, com succeeix amb les obres literàries de mèrit, molt més.

El propi autor ja ens adverteix en el mateix text de la innecessària futilitat de catalogació i, per tant, de limitació: “El que ve tot seguit (…) potser no equival a una història sinó a un corrent d’aigua fangosa «en la pitjor època de l’any»” (p. 20), per la qual cosa convé submergir-se en aquest llibre, que “viatja sobre —i en, hi afegiríem nosaltres— l’aigua” (p. 15), tot oblidant-se “d’un mateix” (p. 49) i deixant-se amarar pel torrent de sensacions i emocions que ens desvetlla, amb els ulls ben oberts i l’ànima nua, sense esperar res en concret, ans anant assaborint —i (sense cercar) trobant—a cada passa.

Fruint del goig —i l’aprenentatge— d’acompanyar el poeta rus en el seu vagareig d’atzar per la ciutat de “textura visual clarament paradisíaca” (p. 30), d’atmosfera “mitològica, ciclòpia per ser exactes” (p. 14), on “tant li fa per quina raó surts de casa: et perds en els seus carrerons llargs i recargolats que t’impel·leixen a penetrar-hi a seguir-los” (p. 38); ciutat única i irrepetible, que l’encisà i li deixà a l’ànima una “marca d’aigua” tan pregona que decidí que les seves restes mortals reposessin al cementiri venecià de l’Isola di San Michele.

Paladejant amb serenor unes melodioses pàgines escrites amb el ressò de les emocions, amb un doll de sensacions, amb pinzellades tan poètiques com espirituals, copsant i fixant al vol l’instant, el pensament efímer, que normalment passa —i s’esvaeix— sense que el veiem, sense albirar-lo o aprehendre’l, inconscient, incontrolable, indominable.

Caçador de moments immòbils en el temps, de fotografies fugaces que deixen petja, que per un segon enlluernen amb el seu esclat de llum la fosca ombra de la vida, convertits, en certa manera —i si se’ns permet l’agosarada expressió— en el negatiu positivat del temps, en la imatge eterna, indeleble, del que és voluble i evanescent, inasible. Fins i tot, potser, en l’alè del temps fugit sense remei.

Un llibre allerat, antidogmàtic, antiromàntic i desmitificador —“una infantesa rarament (…) és [gaire feliç], més aviat tendeix a ser una escola de fàstic d’un mateix i d’inseguretat” (p. 9); “Allò que no fan mai els venecians és anar en gòndola. (…) Només els turistes estrangers, i d’entre aquests els més benestants, s’ho poden permetre. (…) La visió d’aquests [septuagenaris], Romeus decrèpits i de les seves Julietes atrotinades és invariablement trista i desagradable, per no dir horripilant.” (p. 97)— fonamentat en l’ètica de l’estètica, de l’art i la bellesa. De l’art i la bellesa com a sublimació darrera de tot el que paga la pena, com (possible) justificació d’una vida mancada d’objectiu i de sentit..

La bellesa de l’art i de les paraules, de l’arquitectura, l’escultura i la poesia com a mostres més elevades de la creació humana —única via per a fregar les aromes de la divinitat—, com a símbol de la vida eterna, immarcescible, com a superació dels límits intransgredibles de l’home, de la mort implacable que ho esborra tot: “Una metàfora —o, per a dir-ho més clarament, el llenguatge en si— és en general oberta a tot, anhela la continuïtat: un més enllà, si voleu.” (p. 60).

Obra sadolla d’amor al llenguatge, a la paraula, apologia lírica clapada de tocs de geni —alguns d’ells, de sentor palesament planiana: “Sobre el plànol, aquesta ciutat fa pensar en dos peixos a la brasa posats a la mateixa safata, o potser en dues pinces de llagosta a punt d’entortolligar-se” (p. 38); “El silenci era veritablement geològic” (p. 43)—, d’una poesia tan excelsa —“ran d’una filera de ciclops abaltits que jeien a l’aigua negra i que, de tant en tant, s’alçaven i obrien una parpella” (p. 14) —com captivadora i evocadora —“Els finestrons s’assemblen a les ales dels àngels” (p. 39); “la música, bessona de l’aigua” (p. 73)— però també de silencis. Dels silencis i la música de la marca de l’aigua que Marcel Riera ha sabut traduir amb una exquisidesa admirable.

Brodsky s’obre, estrenu, a la ciutat, la identifica i s’hi identifica, la descriu i es descriu a ell mateix. S’obre, doncs, i, tot obrint-se, ens obre tot un món desconegut i insospitat. Un món marcat per l’aigua, per la fluïdesa, pel constant esdevenir heraclità, però també del fang de la perennitat i la permanència. Del fang creador de vida, producte de la comunió inextricable de l’aigua i de la pols, que ho emmotlla i ho perpetua tot, que converteix l’efímer en etern; el perible, en immortal.

 I ho fa navegant —tan físicament com metafòrica o poèticament— per aquesta màgica ciutat híbrida, d’aigua i pedra, que li permet el diví plaer de passar “desapercebut” i fondre’s “amb el decorat” (p. 8), on “no hi ha nord ni sud, ni est ni oest”, on “l’única direcció és de través”, que “t’envolta com les algues glaçades” i on “com més t’escarrasses i més frises per orientar-te, més et perds” (p. 39). (Metàfora preciosa, permeti’ns-ho dir entre parèntesi, que esdevé, ensems una conspícua definició de la realitat de la vida humana.)

Ciutat que, talment com el palazzo que descriu “tenia un aire més definitiu, com si no s’hi pogués afegir més pols. Totes les superfícies anhelen la pols perquè la pols és la carn dels temps, com va dir un poeta, la veritable carn i sang del temps” (p. 46).

Poeta que no fou pas Lord Byron, com de bell antuvi podria pensar-se —tot i que l’influx del seu Childe Harold’s Pilgrimage, i especialment del seu Canto IV esdevé ben palesa en l’obra que analitzem: «Ours is a trophy which will not decay / With the Rialto; Shylock and the Moor, / And Pierre, cannot be swept or worn away – /The keystones of the arch! though all were o’er, / For us repeopled were the solitary shore.»*— sinó d’un dels seus llunyans, i no tan il·lustres, predecessors, George Herbert, que al vers Church Monuments, escrivia:

 And wanton in thy cravings, thou mayst know
That flesh is but the glass which holds the dust
That measures all our time; which also shall
Be crumbled into dust.

El qual, en traducció nostra —i, per tant (forçosament) aproximada— faria més o menys així:

 I maliciós ens els teus desitjos, podràs saber
Que la carn no és més que el vidre que conté la pols
Que mesura tot el temps nostre, el qual igualment
En pols s’engrunarà.

El definitiva, doncs, La marca de l’aigua és una obra de difícil —quan no impossible— classificació que s’ha de degustar o assaborir més que no pas llegir amb afanys i descurança, una obra que s’adreça directament als sentits i a les emocions. Una obra que, per poc que ens ho proposem, converteix la Venècia brodskyana en la nostra Venècia. Potser, fins i tot, en aquella Venècia que, àdhuc sense conèixer-la ni haver-la visitada mai, tots duem, d’una manera o altra, dins dels nostres cors.

 dissabte 3 i diumenge 4 de març del mmxii

 © Xavier Serrahima 2o12

* (Proposta de) traducció:

«El nostre és un trofeu que mai no decaurà / Amb el Rialto; Shylock i el Moro / I Pierre, no poden ser ni oblidats ni destruïts / —Són aquí les claus de volta de l’arc! — i quan tot sigui enderrocat, / nosaltres repoblarem les ribes solitàries.»

Comparteix