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Chistes para milicianos, Mazen Maarouf

Relatos (sobre)realistas

No hace (o no debería hacer) falta decir que la literatura —como cualquier otro arte— cuanto más liberada de ataduras y de condicionantes políticos, mejor que mejor. Tal y como demostró de manera fehaciente el estado soviético, la literatura al servicio de alguna causa acaba del todo diluida, se convierte en una contrahecha (y lamentable) caricatura de sí misma; el arte debe reflejar la realidad y la sociedad, pero siempre como resultado (y imagen) de la visión individual del artista, no como idealización (proselitista) de ningún concepto general de sociedad.

Chistes para milicianos, Mazen_Maarouf, Alianza Editorial, 2019Por esto, precisamente, porqué su objetivo no es defender el mundo árabe —y, todavía menos, hacer apología de él— sino transformarlo en literatura, en materia espiritual, porqué la llamada a que ha respondido es, antes que nada, interior y artística, debemos celebrar que Alianza Editorial haya apostado por publicar Chistes para milicianos, de Mazen Maarouf, traducido por Ignacio Gutiérrez de Terán, que fue merecidamente premiado con el Al Multaqa Prize for Arabic Short Story 2016 y finalista del Man Booker Prize 2019, en su traducción inglesa.

El mundo árabe
Porqué, por más que leerlo puede contribuir a conocer, de primera mano, el mundo àrabe y, por tanto, a acercarnos dos civilizaciones que no solo se dan la espalda sino que por la espalda se apuñalan la una a la otra, lo que de verdad cuenta es —¡y debe ser!— su validez literaria. Y lo que ponen en evidencia los 14 relatos del autor palestino-libanés es, por encima de cualquier otra consideración, seimpre secundaria, que no solo sabe, muy bien, lo que quiere explicar, y que sabe narrarlo, sino que cuenta con una voz propia, con una personalidad artística destacable.

Seguro que, en leerlo, los primeros nombres que nos vienen a la cabeza son los de los narradores sudamericanos (con Borges y Cortazar al frente), los de algunos países del este (Kafka, Mrozek), los de los dramaturgos del absurdo (Beckett, Ionesco), y, por encima de todos, el de Chejov —que, si no es el padre del cuento moderno, es porqué es su abuelo. Sin embargo, para los catalanes, la proximidad con nuestro inmortal Pere Calders se nos hace del todo evidente; tan evidente que nos da la sensación que haya renacido, sur allá; que, incluso después de tanto años de dejarnos, siga escribiendo, cambiando la geografía mexicana por la árabe.

Con voz propia
A pesar de todo, más allá de esta similitud —somos conscientes que les posibilidades que Maarouf conozca la obra del autor de Invasió subtil i d’altres contes (que, si en lugar de escribir en catalán lo hubiera hecho en español o en inglés sería uno de los más justos poseedores del Nobel de literatura de todos los tiempos) son casi nulas— lo que cuenta es que, por más que podamos pensar que ha bebido de un montón de fuentes literarias conocidas, las ha superadas para establecer su personalidad; que ha sabido adaptar, a su manera de ser y de ver el mundo la mezcla de realidad y de imaginación que caracteriza los autores aludidos. Que, en leerlo, lo vemos a él y no a los otros.Mazen Maarouf

Que, a medida que avanzamos en su recopilación, más y más vamos habituándonos al mundo que nos presenta; un mundo que se va convirtiendo en más y más onírico. Lo que al inicio son unos ciertos toques fantasiosos (“alumbrando la planta de pimiento, convencido de que las almas de mi hermano, mi padre, mi madre y yo mismo también residían en esos vástagos que iban creciendo” pág. 10), que creemos que no determinan tanto un mundo surreal sino la natural distorsión de la visión infantil, van tomando mayor protagonismo (“la vaca […] pasó por delante del cuarto del proyector. Me pude de pie como movido por un resorte. Agachó la cabeza y me miró” pág. 74), hasta que se convierten en centrales (“Le llamamos Munir. Pero no era más que una masa de sangre coagulada en el útero” pág. 121); hasta que la irrealidad supera con creces la (teórica) realidad.

Irrealidad
Una irrealidad, subrealidad —de hecho, superralidad— que, tal como sucedía con el teatro del absurdo, hijo de les convulsiones de un siglo XX dónde todo era cuestionado, dónde todas las certezas, incluso la de la vida, quedaron dinamitadas, es producto directo del mundo en que vive el autor. Un mundo en que la guerra no solo es omnipresente, sino dónde la violencia es el pan nuestro de cada día, dónde toda lógica ha quedado subvertida, dónde una familia sin muertos es una utopía.

Ante una situación como esta, únicamente quedan dos salidas posibles —si se quiere evitar la tercera, la desesperada, la definitiva: la de acabar con los sufrimientos acabando con tu mismo. La primera, la locura, que amenaza cada día, cada hora, cada minuto, detrás de cada porta; la segunda, y la única que ofrece una cierta esperanza de salvación, refugiarse, conscientemente o inconscientemente, en el mundo de la fantasía, en la realidad más allá de la realidad. En la (sub o sobre) realidad que nos permita olvidar (y resistir) la realidad que nos rodea.

Para Maarouf, como para todos los que viven constantemente con la espada de Damocles sostenida encima de su cabeza, la imaginación y la fantasía no son un recurso; ¡son una necesidad! Si sus personajes se refugian en los paraísos de la mágica (sobre)realidad es porque nadie no puede (sobre y mal) vivir permanentemente en un infierno.

© Xavier Serrahima 2019
ORCID iD iconorcid.org/0000-0003-3528-4499
www.racodelaparaula.Cat
www.XavierSerrahima.Cat
@XavierSerrahima

Si ho prefereies, pots llegir la versió original en català.

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