Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal, Galaxia Gutenberg, 2020

Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal, Galaxia Gutenberg, 2020

Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal

Placer y pensamiento

En este tiempo nuestro de tanta desdichada desorientación y distorsión literaria —y no me refiero, por supuesto, sólo a esta (cada año más desviada y desvaída) fiesta de las vanidades pseudoliterarias en que se ha convertido Sant Jordi— donde la literatura de autor y la literatura de evasión no únicamente se mezclan, sino que se confunden por intereses mercantilistas, donde cada nuevo libro que se publica, si tenemos que hacer caso de sus contracubiertas (y, aún más, de las fajas que los acompañan) es una obra maestra, producto de un genio o genia literario incuestionable, de un Premio Nobel no ya en potencia sino en acto, nada mejor que buscar refugio en los clásicos, contempéranos o no.

Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal, Galaxia Gutenberg, 2020En aquellos clásicos que, precisamente porque no se creían genios, porque no se jactaban de ser-lo —los verdaderos genios y genias de la literatura de todos los tiempos los podemos contar con los dedos de las manos—, si no lo eren, estaban muy cerca de ser-lo. Clásicos a quien el único juez infalible, el paso del tiempo, ha acabado situando en su llugar. En algunos casos, sólo hace falta pensar en Stendhal, después de haber sido casi ignorados (al menos, mucho más de lo que se habrían merecido por su valor literario) por sus contempéranos.

Una soledad demasiado ruidosa (Příliš hlučná samota), de Bohumil Hrabal, Galaxia Gutenberg, 2020, en la espléndida traducción habitual de Monika Zgustova, es una de estas obras que deben resarcir de tanta y tanta presunta genialidad acumulada.

Una obra que, por su brevedad, únicamente 102 páginas mal contadas, puede hacer-nos creer que nos dirá muy poco, que solo nos puede decir muy poco, pero que, como acostumbra a suceder con las obras verdaderamente grandes, nos dice mucho diciendo(nos) muy poco. O, para intentar de expresarlo con mayor precisión: que, precisamente porque dice poco, porque elimina todo lo que no hace falta decir, porque evita cualquier artificio, dice mucho; lo dice casi todo.

(Casi todo, por supuesto, lo que nos tenía que decir en esta novela, no en general: como los grandes artistas, el autor checo había aprendido muy bien la lección de Ícaro).

Pretender de especificar, en una simple y (por fuerza) breve análisis literaria, este casi todo es una temeridad, pero bien debo intentarlo.

En primer lugar, Una soledad demasiado ruidosa, siendo como es una muy buena (y muy bella) novela, es una alegoría. Lo es y lo ha —lo había— de ser. Y lo había de ser por dos razones. Antes de nada, por una de política, o polítco-social: como muy bien sabemos los catalanes (tanto los de izquierda como los de derecha) la literatura en tiempo de dictaduras debe ser, por narices, alegórica. Para poner el dedo en la llaga, hace falta alegorizar tanto el dedo como la llaga —la llaga, sobre todo.

En segundo lugar porque el fondo de la novela exigía esta forma. Porque la novela solo podía escribirse de esta forma. Porque, más allá de las raozones políticas, de la siberiana dictadura soviética, únicamente la alegoría podía permirirle a Hrabal exponer lo que quería exponer: no un caso o situación concreta, sino un caso o situación universal. O, para decirlo con mayor exactitud: un caso que, precisamente porque es concreto y particular, se convierte (se acaba convirtiendo) en universal —y, sobre todo, en universable.

Porque, cuando el autor nos habla de una “prensa mecánica” (p. 8), y, todavía más, cuando nos habla de otra “enorme prensa hidráulica” (p. 67), destinada a substituir la primera, nos habla, por supuesto de estas prensas —en realidad, de sus prensas; de aquellas que él había vivido o padecido en sus propias carnes—, pero, también, de cualquier otra prensa, mecánica o hidráulica.

Y, lo que es (mucho) más importante —y, literalmente, (mucho) más difícil de conseguir— nos habla (como lo hacía una cuarentena de años antes su compatriota Karel Čapek en La guerra de las salamandres) de todos los sistemas de dominación o de alienación (para decirlo en término marxista) posibles. No de alienación del home por la máquina, sino del home por el hombre —del hombre libre por el hombre que no lo quiere libre.

Aunque la historia que nos narra pueda tener unas evidentes raíces autobiográficas, no creo que el escritor en lengua checa la hubiera escogido si, además de permitirle relatar su historia, no le permitiera, al mismo tiempo, relatar la historia, compartida, de tantos y tantos que se encontraban en una situación como la suya. De tantos y tantos que se encontraban en una situación similar no solo en la Checoslovaquia de su tiempo, invadida por los soviéticos, sino la de cualquier otra época y la de cualquier otro lugar.

Si la ha escogido y la ha relatado no es para hablar de él mismo, sino para hablar de los otros —de todos los otros— hablando de él mismo. Aunque todo lo que narra haya existido realmente, lo narra no por lo que significó para él, sino por lo que significó para el mundo en general.

Por lo que va significó en su lugar y en su tiempo, pero, sobre todo, por lo que significa, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, el sistema de sumisión y de alienación propi de las dictaduras; cualquier sistema dictatorial que convierta el ser humano en un engranaje substituible; en un engranaje que, cuando no rueda como conviene a la máquina, es inmediatamente sacrificado.

Bohumil HrabalNo es, pues, ni por razones (auto)biográficas, ni por razones estrictamente literarias, ni porque realmente fuera así, ni por casualidad, que nos presenta esta máquina sin entrañas que, realmente y, también, metafóricamente, “prens[a] libros y papeles viejos” (p. 7), que nos dice que “Bajo mis manos y en mi prensa expiran libros preciosos y yo no puedo detener ese flujo” (p. 9), ni que la prensa sté situada “en el hondo subsuelo” (p. 9), ni porque lleve “trabajando treinta y cinco años[1], a la luz de las bombillas eléctricas y oyendo el pisoteo en el patio por encima de mi cabeza” (p. 10), ni porque compare este subsuelo con una “cueva” (p. 49) —de obvias resonancias platónicas—, con una “madriguera” (p. 55), ni porque “el mes pasado tiraron a mi subterráneo seiscientos quilos de reproducciones de maestros célebres, seiscientos quilos empapados de Rembrandt y Hals, de Monet y Manet, de Klimt y Cézanne, y demás campeones de la pintura europea” (p. 11), ni porque nos diga que “ya no hago caso de los ratoncitos que tiro a la máquina, nidos enteros, familias enteras de ratoncitos que prenso, ratoncitos ciegos protegidos por su madre que salta dentro de la prensa para acompañar a sus pequeños” (p. 19), que “yo deambulaba, como Caín, marcado con la señal en la frente” (p. 23), que “los chicos de las calderas [son] personas cultas sin excepción, con educación universitaria, atados a su trabajo como un perro a su caseta” (p. 27), que “en las cuevas trabajan los ángeles caídos, las personas cultas, los vencidos en un combate en el que nunca lucharon, e incluso allí, en esas cavernas, siguen perfeccionando la definición del mundo” (p. 30), que “he experimentado el complejo de Sísifo que tan bien describió el señor Sartre y aún mejor el señor Camus” (p. 72), que “el empleado de la biblioteca universitaria Comenio traía un capazo lleno de libros eliminados; como cada jueves, el bibliotecario echó el capazo a mis pies, un capazo lleno de libros de filosofía, pero yo ni caso, no me inmuté” (p. 77), y tantos y tantos etcéteras.

No, no es por ninguna de estas razones —que si he enumerado tan exhaustivamente, no ha sido, tampoco, por casualidad, (ni porque la multiplicidad de citas me facilite el trabajo analítico-literario) sino para dar una idea (visual) a los lectores y las lectoras de como escribe Hrabal: con largos parágrafos, larguísimos, compuestos de enumeraciones que parecen infinitas (ver, por ejemplo, el final de la página 9 y todo el inicio de la 10; la página 13…).

Escribe de esta manera, no, únicamente, por estas razones que he enumerado, ni, aún menos, porque quiera demostrar nada, para hacer una (vanidosa) exhibición de cultura y conocimientos, sino porque reflejan perfectamente, con una muy ben hallada —y necesaria— mezcla o disolución entre realidad y alegoría, el mundo (más bien, submundo) donde obligan a vivir (a subvivir) a los hombres de mérito todas las dictaduras que existen o han existido.

Si me he permitido esta (demasiado) larga enumeración ha sido para que comprendamos “la exactitud de las palabras de Rimbaud a propósito de que la lucha del espíritu es tan terrible como cualquier guerra” (p. 29).

Quedan, por supuesto, muchas y muchas (más) cosas por decir, por apuntar, por comentar —los rasgos, tan especiales, de la prosa hrbaliana, a la vez tan fantástica, bella y poética como conveniente, como necesaria para expresar lo que quiere expresar como le hace falta expresarlo; el papel fundamental de las reiteraciones, repeticiones o iteraciones; la presencia arraigadísima de la lengua y del pensamiento alemán en Checoslovaquia (que permite entender porque Kafka escribía en alemán); la búsqueda y la consagración de la belleza como  función consoladora;  el poder salvífico de la cultura, del aret, de la literatura; la lucha heraclitana de contrarios; la imprescindibilidad de la filosofía; la preeminencia de la ley moral; la luz y la esperanza que aportan los crepúsculos y las épocas crepusculares; la reivindicación de las, cruciales, “pequeñas alegrías y sorpresas cotidianas” (p. 70); y, sobre todo y por encima de todo, la reivindicación todavía más fervorosa de los libros y la literatura, de la lectura y del cultivo del pensamiento—, pero ya he dicho suficiente y demasiado.

Ahora, queridas lectoras, queridos lectores, es vuestro turno: haceros un (gran) favor y sumergiros en el placer literario y intelectual de una soledad demasiado ruidosa.

Tened, pero, (muy) en cuenta que esta obra ha acabado convirtiéndose, también, en una metáfora de nuestro tiempo de incultura y de inculturitzación (inducida).

De este tiempo donde, como Hanťa, el protagonista de la novela, nosotros nos hallamos sumidos en un subterráneo; en una caverna platónica desde donde, cuando de art y de literatura se trata, no vemos nada más que las sombras proyectadas por el fuego sobre el fondo de la caverna. Sombras que, para decirlo como Antonio Machado, confunden “valor y precio”. O, más exactamente, valor y márqueting.

dissabte, 17 d’abril del mmxxi

[1] 35 años que reitera una y otra  vez, tampoco por casualidad o por capricho, sino porque corresponden a los 35 años que Checoslovaquia lleva(ba) ocupada, primero por la Alemania nazi; después, por la Unión Soviética.

(Pots llegir la versió original catalana de l’anàlisi aquí)

© Xavier Serrahima 2021
www.racodelaparaula.cat
www.xavierserrrahima.cat
@Xavierserrahima
orcid.org/0000-0003-3528-4499

Creative CommonsAquesta obra de Xavier Serrahima està subjecta a una llicència de Reconeixement-NoComercial-SenseObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *