La mañana de un terrateniente, Lev Tolstoi, Acantilado, 2021

La mañana de un terrateniente, Lev Tolstoi, Acantilado, 2021

La mañana de un terrateniente, Lev Tolstoi

Sueño y realidad

Hablar de la literatura rusa del siglo XIX es, prácticamente, hablar de un milagro. De un milagro artístico de una fuerza, de una intensidad y de una envergadura literaria tal que sólo permite, a lo mejor, ser comparada con el teatro griego del siglo V aC, dónde tres genios de una valía colosal, Sófocles, Esquilo y Eurípides, coincidieron en un mismo espacio y tiempo y crearon unas obras igualmente inmoridoras.

La mañana de un terrateniente, Lev Tolstoi, Acantilado, 2021La literatura rusa del siglo XIX no solo es un mundo: es un universo en él mismo. Un universo donde todos los buenos lectores y lectoras podríamos vivir por siempre jamás; un universo maravilloso y abrumador, del que sólo nos haría falta salir, de tanto en tanto, para recuperar el resuello; para poder entrar en él de nuevo, tan pronto como nos fuese posible, con las fuerza renovadas.

Dentro de este  universo reinan, incomparables y insuperables, un par de genios que constituyen, ellos mismos, dos mundos o universos: Fiódor Dostoievski y Lev Tolstoi. Dos fuerza de la naturaleza, la primera, más torrencial y liberada; más controlada y embellecida, la segunda. Dos maneras de vivir y de ver el mundo, que nos han dejado como precioso legado algunas de las más mayúsculas obras literarias de todos los tiempos.

Obras —El idiota y Los hermanos Karamázov; Anna Karenina y La guerra y la paz, para citar sólo dos de cada uno de ellos— que podríamos leer y releer permanentemente; que nos ofrecen el placer de la eterna (re)descubierta.

Sin embargo, al lado de estos inmensos monumentos, escribieron, también, algunas pequeñas joyas. Pequeñas joyas que, puestas al lado de sus creaciones mastodónticas, corren el riesgo de pasar desapercibidas. De pasar desapercibidas, cuando, si las hubieran escrito otros autores, no dudaríamos un ápice en destacarlas; en dedicarles el  tiempo y la atención (lectora y, también, analítica) que merecerían.

La mañana de un terrateniente (Утро помещика), Acantilado, mayo de 2021, en la espléndida traducción habitual de Selma Ancira, es una de estas obras. Una obra breve, muy breve (a duras penas alcanza a las 120 páginas) que nos dice mucho más que otras mucho más extensas. O, más exactamente, que nos dice, justo en las páginas que hace falta, todo lo que hace falta que nos diga: donde está todo y no sobra nada.

La protagoniza el príncepe Nejliúdov, quien, tal como nos indica el primer parágrafo, “tenía diecinueve años cuando, al término de su tercer curso en la universidad, fue a pasar las vacaciones de estío en su aldea, donde permaneció todo el verano” (p. 5) y toma una decisión “de la que seguramente dependerá el destino de mi vida” (Íd.). Una decisión que asume, convencidísimo, con el objectivo de mostrarse del todo fiel a su vocación: “desear hacer el bien y amarlo” (Íd.); “¿Acaso no es mi deber más inmediato y sagrado ocuparme de la felicidad de estas setecientas personas de las que rendiré cuentas ante Dios?” (p. 6); “¿Y por qué buscar en otra esfera la oportunidad de ser útil y hacer el bien cuando ahora tengo frente a mí un deber tan noble, tan espléndido y tan inmediato?” (Íd.).

Cuando le escribe una carta a su tía para exponérselo, esta, desde la perspectiva de sus años y de su experiencia, le advierte que “nuestras cualidades en la vida nos perjudican más que nuestros defectos” (p. 7) y que “para ser un buen patrón es necesario ser una persona fría y severa” (Íd.).

A partir de este punto de partida, la bella prosa de Tolstoi nos permitirá acompañar el joven príncipe en su nueva vida, en su cruzada. Seguiremos, de muy cerca, “aquel ingenuo muchacho” (p. 27), que quiere hacer el bien y hacerlo a los que tiene más a su alcance, a los que más lo necesitan; a los que solo gracias a él podrán salir de la infame situación de miseria en la que se hallan sumidos.

Lev Tolstoi

A este joven que, tan pronto como siente las primeras decepciones —“[las] efusiones no pueden inspirar confianza en nadie, pero menos aun en el hombre ruso que ama los hechos y no las palabras, y que además no gusta de expresar sus sentimientos, por más bellos que sean” (p. 27)—, intenta cambiar de actitud y se esfuerza en mirar sus campesinos “de la manera más estricta posible” (p. 45), pero, que ante la respuesta de las ánimas (para decirlo en el tan preciso término de Nikolai Gógol) que tiene a su cargo, no puede evitar “una expresión de contrariedad infantil en su rostro” (p. 50).

Y, acompañándolo en su aventura, viviremos y compartiremos con él el choque que supone adquirir consciencia de la diferencia, de hecho, del abismo descomunal, que existe entre la teoría y la práctica, entre el querer y el poder, entre la mirada infantil y la adulta; en definitiva, entre el sueño y la realidad: “—Si estás enferma, ¿por qué no has ido al hospital? Para eso abrimos uno. ¿O no os avisaron? / —Nos avisaron, sí, patrono, pero la cosa es que no hay tiempo: entre la faena, la casa y los niños, y ¡encima estoy sola!” (p. 18).

Más allá de esta transcripción, no desvelaré, por supuesto, como son o como se producen sus encuentros con los campesinos que tiene a su cargo, ni, todavía menos, como acaba la narración, de indudable raíz biográfica.

Creo que será más que suficiente si digo que una de las más claras consecuencias de entrar en contacto con la vida adulta es que acostumbra a hacer-nos “abandonar [nuestros] sueños para volver a la realidad” (p. 108).

dimarts, 18 de maig del mmxxi

(Pots llegir la versió original catalana de l’anàlisi aquí)

© Xavier Serrahima 2021
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